Un mundo de ILUSIONES

Este lugar es habitado por las niñas y los niños perdidos liderados por el héroe o quizás heroína, Peter Pan. La población de dicho país agrupa también a temibles piratas como el Capitán Garfio y salvajes indios. Otros tipos de seres como el hada, Campanilla y el Cocodrilo que se llevó la mano del Capitán Garfio habitan este lugar donde el tiempo no avanza y las aventuras predominan por cualquier rincón. De acuerdo con la leyenda, si alguien desea llegar a este lugar deberá de girar la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

De adulaciones y lisonjas...


LA ZORRA Y EL CUERVO
Erase en cierta ocasión un cuervo, el de más negro plumaje, que habitaba en el bosque y que tenía cierta fama de vanidoso. Ante su vista se extendían campos, sembrados y jardines llenos de florecillas... Y una preciosa casita blanca, a través de cuyas abiertas ventanas se veía al ama de la casa preparando la comida del día. -Un queso!- murmuró el cuervo, y sintió que el pico se le hacía agua.
El ama de la casa, pensando que así el queso se mantendría más fresco, colocó el plato con su contenido cerca de la abierta ventana. -que queso tan sabroso!- volvió a suspirar el cuervo, imaginando que se lo apropiaba Voló el ladronzuelo hasta la ventana, y tomando el queso en el pico, se fue muy contento a saborearlo sobre las ramas de un árbol.
Todo esto que acabamos de referir había sido visto también por una astuta zorra, que llevaba bastante tiempo sin comer. En estas circunstancias vio la zorra llegar ufano al cuervo a la más alta rama del árbol. -Ay, si yo pudiera a mi vez robar a ese ladrón! -Buenos días, señor cuervo. El cuervo callaba. Miró hacia abajo y contempló a la zorra, amable y sonriente. -Tenga usted buenos días -repitió aquella, comenzando a adularle de esta manera. -Vaya, que está usted bien elegante con tan bello plumaje!
El cuervo, que, como ya sabemos era vanidoso, siguió callado, pero contento al escuchar tales elogios. -Sí, sí prosiguió la zorra. Es lo que siempre digo. No hay entre todas las aves quien tenga la gallardía y belleza del señor cuervo. El ave, sobre su rama, se esponjaba lleno de satisfacción. Y en su fuero interno estaba convencido de que todo cuanto decía el animal que estaba a sus pies era verdad.
Pues, acaso había otro plumaje más lindo que el suyo? Desde abajo volvió a sonar, con acento muy suave y engañoso, la voz de aquella astuta: -Bello es usted, a fe mía, y de porte majestuoso. Como que si su voz es tan hermosa como deslumbrante es su cuerpo, creo que no habrá entre todas las aves del mundo quien se le pueda igualar en perfección.

Al oír aquel discurso tan dulce y halagüeño, quiso demostrar el cuervo a la zorra su armonía de voz y la calidad de su canto, para que se convenciera de que el gorjeo no le iba en zaga a su plumaje. Llevado de su vanidad, quiso cantar. Abrió su negro pico y comenzó a graznar, sin acordarse de que así dejaba caer el queso. Que más deseaba la astuta zorra! Se apresuró a coger entre su dientes el suculento bocado. Y entre bocado y bocado dijo burlonamente a la engañada ave: -Señor bobo, ya que sin otro alimento que las adulaciones y lisonjas os habéis quedado tan hinchado y repleto, podéis ahora hacer la digestión de tanta adulación, en tanto que yo me encargo de digerir este queso. Nuestro cuervo hubo de comprender, aunque tarde, que nunca debió admitir aquellas falsas alabanzas. Desde entonces apreció en el justo punto su valía, y ya nunca más se dejó seducir por elogios inmerecidos.

Y cuando, en alguna ocasión, escuchaba a algún adulador, huía de él, porque, acordándose de la zorra, sabía que todos los que halagan a quien no tiene méritos, lo hacen esperando lucrarse a costa del que lisonjean. Y el cuervo escarmentó de esta forma para siempre.

martes, 30 de diciembre de 2008

Cree el ladrón que todos son de su condición...


EL HOMBRE ACOSTADO

Un hombre estaba extendido al borde de un camino. No estaba ni herido ni muerto, sino únicamente cubierto de polvo. Un ladrón le vio y se dijo:

- Seguro que es un ladrón que se ha dormido. La policía vendrá a buscarlo. Es mejor que desaparezca antes de que llegue.

Un poco más tarde, un borracho le dio la vuelta tambaleándose:
- ¡Mira lo que pasa por no aguantar la bebida! –comentó-. ¡Vamos, que te vaya bien, amigo! ¡Y la próxima vez, no bebas tanto!

Llegó el sabio. Se acercó y se dijo:

-Este hombre está en éxtasis. Meditaré a su lado.



(Vemos la realidad y a los seres de acuerdo a nuestras propias proyecciones. No vemos al otr@ tal como es realmente, sino tal como lo percibimos después de haberle hecho pasar por el filtro de nuestras proyecciones).

lunes, 29 de diciembre de 2008

Memoria selectiva


Leyenda Arabe
Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGO UNA BOFETADA EN EL ROSTRO.Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo.Al recuperarse tomo un estilete y escribió en una piedra: HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVO LA VIDA.Intrigado, el amigo pregunto: ¿Por que después que te lastime, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra? Sonriendo, el otro amigo respondió: ¡Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargaran de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo!

¡Se necesita solo de un minuto para que te fijes en alguien, una hora para que te guste, un día para quererlo, pero se necesita de toda una vida para que lo puedas olvidar!.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Cantarse siempre así mismo aburre al auditorio


EL ARPA DOMESTICADA

En la quebrada de Lungmen se levantaba hace mucho, muchísimo tiempo, un árbol kiri, que era el verdadero rey de la floresta. Su copa era tan alta que podía hablar con las estrellas, y sus raíces se hundían tan profundamente en la tierra que se mezclaban sus anillos de bronce con los del dragón de plata que dormía debajo.
Un poderoso mago hizo de este árbol un arpa maravillosa cuyo férreo espíritu sólo podía serenar el mejor de los músicos. Durante mucho tiempo, aquel instrumento formó parte del tesoro del emperador de China, pero ninguno de los músicos que habían intentado obtener una melodía de sus cuerdas lo había conseguido. Como respuesta a tanto esfuerzo, el arpa no daba más que ásperas notas de desprecio sin armonía. El arpa se negaba a reconocer un dueño.
Hasta que llegó Peiwoh, el príncipe de los arpistas. Con dedos delicados acarició el arpa como si intentara amansar a un caballo rebelde y empezó a pulsar dulcemente las cuerdas. Cantó a la naturaleza y a las estaciones ¡y todos los recuerdos del arpa despertaron! De nuevo, la dulce brisa de la primavera jugó entre sus ramas. Después, Peiwoh varió de tono y cantó al amor. El bosque se inclinó como un ardiente muchacho perdido en sus pensamientos. El tono volvió a cambiar. Peiwoh cantó a la guerra, al entrechocar de espadas, al relinchar de caballos…
El monarca celeste, extasiado, preguntó a Peiwoh cuál era el secreto de su victoria.
- Señor- contestó-, todos fracasaron porque no cantaban a otra cosa que a sí mismo. Yo he dejado que el arpa eligiera el tema y, en realidad, no sabría decir si el arpa era Peiwoh o Peiwoh era el arpa



Adaptación de una leyenda china realizada por L. Jordá para Érase que se era.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Qué vemos, sólo agua o la inmensidad del río?


EL AGUA DEL GANGES
-Maestro- dijo un discípulo-, enseñas que Dios está en el interior de cada uno de nosotros, pero ¿cómo puede la divinidad, tan vasta como es, caber dentro de nosotros?
-Ve hasta el Ganges y tráeme un litro de agua- le respondió el maestro al discípulo.

Cuando éste hubo traido el agua, el maestro quedó asombrado:
-¡Pero si esta no es el agua del Ganges!...

-¡Por supuesto que sí, la he sacado yo mismo del río! –exclamó el discípulo.
-Pero ¿Dónde están las tortugas, los peces, las gentes que en él se bañan, las embarcaciones, los cadáveres que arrastra y los monjes que hacen sus abluciones en él? Yo no veo nada de todo esto en ella. ¡No puede tratarse del agua en cuestión! ¡Corre a arrojarla al Ganges!
Cuando el discípulo regresó, el maestro le dijo:
-Ahora, tu litro de agua, mezclado con el agua del río contiene tortugas, peces y todo cuanto le faltaba antes. Esa sí que es agua del Ganges.

Somos ricos, infinitamente ricos, pero, a un determinado nivel de conciencia, no vemos más que el litro de agua y no la inmensidad del río. Cuando estamos vinculados a la inmensidad, somos ricos de todo aquello que contiene.
Vinculad@ al mundo, avanzo con él. Tengo fuerza. Lo poseo todo. Separado del mundo, nada tengo.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Ser Nosotr@s mism@s


EL ÁRBOL QUE HALLÓ SU DESTINO

Había una vez un jardín con manzanos, naranjos y bellísimos rosales. Todo era alegría en el jardín, pero uno de sus habitantes no participaba de la dicha general: era un árbol que se sentía triste. El pobre tenía un problema, no sabía quién era.
El manzano le decía:
- Te falta concentración. Si lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. Es muy fácil.
El rosal le decía:
- Es más sencillo tener rosas y, además, son más bonitas y olorosas que las manzanas.
El pobre árbol, desesperado, intentaba ser todo lo que le sugerían, pero no lo lograba y por ello se sentía cada vez más frustrado.
Un búho muy sabio aconsejó al árbol:
- Tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida ni tu energía a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo, conócete y aprende a escuchar tu voz interior.
¿Mi voz interior? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme? – pensaba el árbol, angustiado. Pero el consejo del búho anidó en su corazón. Y el árbol dejó de escuchar los comentarios de los demás. Aprendió a gozar en silencio de los rayos del sol y de las refrescantes gotas de lluvia. Y, cuando menos lo esperaba y buscaba, un día comprendió. Su corazón se abrió y su voz interior le habló:
Tú jamás darás manzanas ni rosas porque no eres un manzano ni un rosal. Tú eres un roble, y tu destino es crecer majestuoso; dar sombra a los viajeros, belleza al paisaje. Tienes una misión, cúmplela.
Y el árbol se sintió seguro y fuerte y se dispuso a ser aquello parra lo cual estaba destinado. Pronto fue admirado y respetado por todos, pero lo más importante es que aprendió a respetarse y a valorarse a sí mismo.

Versión del relato “Sé tú mismo”, de aplícate el cuento de Jaume Soler y M. Mercé Conangla

jueves, 25 de diciembre de 2008

Todo puede ser nuestro maestro


TODO PUEDE SER NUESTRO MAESTRO

Un yogui hindú, desesperado por el silencio de la divinidad, juró un día:

- ¡Oh Dios, si no te me apareces en los tres próximos días, dejaré de comer!

Durante los tres días siguientes, pasó una mendiga, luego un loco y, por último, un perro vagabundo. Al cabo del cuarto día, la divinidad se le apareció al yogui que exclamó:
-¡Ah!... ¡Aquí estás por fin!
La divinidad le respondió:
- ¡Por tres veces he venido a verte y tú no me has reconocido! ¡Yo era la mendiga, era el loco y era el perro vagabundo!

miércoles, 24 de diciembre de 2008

La autonomía y la idea de la evolución



LA TETA O LA LECHE

Tienes hambre de saber
Hambre de crecer
Hambre de conocer
Hambre de volar...
Puede ser que hoy
Yo sea la teta
Que da la leche
Que aplaca tu hambre...
Me parece fantástico que hoy
Quieras esta teta.
Pero no olvides:
No es la teta la que te alimenta...
¡Es la leche!

martes, 23 de diciembre de 2008

Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces


LA ZORRA Y LA GATA
La zorra era conocida por su presunción y su gracia. Participaba en todos los bailes del bosque dándose más importancia que una princesa.
Un día encontró una gata que le dijo admirada: ¡Oh, querida zorra! ¿Que haces para ser tan lista? Me gustaría tanto poder ser así. La zorra casi reventó de orgullo.
-Quién no lo consigue es solo por estupidez -dijo con soberbia-. No sabes hacer nada especial, ¿gata inútil?
- ¡Oh, no! respondió la gata-. Ya es bastante si consigo subirme a un árbol cuando veo un perro.
- Entonces estupendo -sonrió la zorra-.
Yo tengo un montón de recursos, engaños e ideas geniales para cada uno de los perros que encuentro. ¡Ven conmigo!
En ese momento, llegaron al bosque unos cazadores con sus perros, y las cosas se pusieron muy feas. Sin pensarlo dos veces, la gata se subió de un salto al árbol.
Pero los perros se abalanzaron sobre la zorra presuntuosa y la mataron.
-Te han dejado bastante apanada, señora zorra -maulló la gata-. Mi único y modesto recurso valía más que todo un ingenio.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La vida... y lo que hagamos con ella


EL SABOR DEL VINAGRE

En un cuadro taoísta hay tres hombres sentados en torno a un bocal de vinagre que están probando.
El primero de ellos hace una mueca, encontrando el vinagre amargo.
El segundo pone asimismo cara de desagrado porque le parece demasiado ácido y el tercero está encantado, pues considera que es excelente.

Se dice que el bocal de vinagre es la vida y que los personajes son Confucio, Buda y Lao Tsé.
El primero Confucio, piensa que la vida es terrible, que es preciso crearse ceremoniales para someterse a continuación a ellos.
El segundo, Buda, dice que la vida es amarga, que tenemos que morir, que todo es sufrimiento y que hay que esforzarse por desapegarse de ella.
El tercero, Lao Tsé, es un ser positivo que sigue el curso de las cosas. Dice: “La vida depende del punto de vista que adoptemos. Mi vida diaria es una maravilla porque soy yo quien la crea. Yo soy la vida”.

domingo, 21 de diciembre de 2008

NeverLand en Navidad

VEN A NUESTRA CASA ESTA NAVIDAD

LA NAVIDAD ENCANTADA


MIENTRAS EXISTA LA NAVIDAD


EL ESPÍRITU DE LA NAVIDAD


Cuento de Navidad

LA RANA LUCY Y EL GRILLO GUILLERMO.
Caía la noche y un gran manto de nieve, cubría el parque. Un parque
tranquilo, donde el ruido dormía y sólo los murmullos de los animalitos
se escuchaban en la oscuridad.
Tras la ventana de una casita hecha de hojas vivía la rana Lucy, era una
ranita muy alegre, con grandes ojos y patitas cortas. Miraba embobada
como los copos bajaban lentamente como si estuvieran bailando una danza.
En el parque también vivían otros animalitos, pero eran muy orgullosos y
presumidos, sólo el grillo Guillermo quería de verdad a la ranita.
Era un grillo negro, muy negro, pero muy educado y elegante, tenía un
bonito sombrero que sólo se ponía en las grandes ocasiones.
Llego el día que todos esperaban, la fiesta de Navidad, la rana y el grillo,
tenían muchos deseos de ver todos los adornos de la gran ciudad y
pensaban acercarse a ver un gran Belén viviente que iban a colocar en
la Plaza Central. Les gustaba mucho cantar villancicos. A veces se ponían
un poquito tristes de estar tan solitos, pero enseguida recordaban dónde
jugaban los niños, y disfrutaban de verlos correr y reír.¡Todas las penas
se marchaban!
Lucy y Guillermo se prepararon para ir a la ciudad. Lucy se puso su
chaleco y su bufanda a cuadros y Guillermo su sombrero de copa.
Atravesaron el parque. Algunos animalitos se burlaron de ellos, diciendo:
¡Mirad que pintas llevan ,¡ Se creen muy finos!
Pero nuestros amigos no le dieron importancia y siguieron su camino.
Al poco tiempo oyeron un gemido, se preguntaron: ¿Qué es eso?.
Cada vez lo oían más cerca. De pronto, descubrieron un pobre saltamontes
que estaba aterido de frío.
¡Pobrecito, qué te pasa?. Dijo Lucy.
Estaba saltando y se me echó la noche encima, me quedé tan helado que
no podía moverme. Los animalitos me vieron pero ninguno me ayudó.
¡Ves Guillermo. Dijo Lucy.
Todos son muy orgullosos, pero no tienen corazón.
La ranita y el grillo, le prestaron sus ropas y le abrigaron, mimándolo para
que entrara en calor.
El saltamontes agradecido, les dijo:
Conozco un lugar donde podéis pasar las mejores navidades de vuestra
vida, además hay un Belén tan bonito que no se os olvidará nunca.
Allí, fueron los tres. Era cierto lo que les contó el saltamontes.
En una cunita de paja, había un niño tan bonito, y tenía una mirada tan
dulce que a la ranita se le escapó una lágrima.
Un buey y una mula le guardaban y San José y la Virgen María le velaban.
Se acercó a él, despacito, dando dos saltitos y le susurró al oído:
Yo sé, que eres Jesusito, que amas mucho a los niños, yo también. Tal vez
juntos podamos luchar para que siempre sean felices y no lloren.
¡No quiero que se odien ¡creemos entre todos un mundo mejor .
Sé que eres sólo un muñeco, y que los que me miran pensaran que soy
una rana loquita, pero yo sé que me escuchas.
La ranita se dio la vuelta y de repente el grillo chilló:
¡Ranita, ranita , el niño te ha sonreído .
Era verdad, una gran sonrisa iluminaba la cara del niño Jesús.
Tal vez el niño no sonrió, pero lo importante es que en nuestro corazón
tengamos tanto deseo de amor como la ranita que nos haga creer hasta
en lo que no es real.
Los amigos volvieron a casa, y esa fue la Navidad más feliz de su vida.
Marisa Moreno

sábado, 20 de diciembre de 2008

Cuestión de dignidad


LAS LENTEJAS

Un día, estaba Diógenes comiendo un plato de lentejas, sentado en el umbral de una casa cualquiera.
No había ningún alimento en todo Atenas más barato que el guiso de lentejas.
Dicho de otra manera, comer guiso de lentejas significa que te encontrabas en una situación de máxima precariedad.
Pasó un ministro del emperador y le dijo: “¡Ay, Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y adular un poco más al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas”.
Diógenes dejó de comer, levantó la vista, y mirando al acaudalado interlocutor intensamente, contestó: “Ay de ti, hermano. Si aprendieras a comer un poco de lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Sí queremos, nos entendemos


LAS UVAS

Un persa, un árabe, un turco y un griego, hambrientos, andan errantes por el desierto. Soñador, el persa evoca el sabor de los “angûrs” y le entran ganas de comer en ese mismo momento unos cuantos. El árabe observa que sería más agradable comer “inabs”. El turco le replica afirmando que unos “uzums” serían más indicados en su situación. El griego promete un placer aún mayor ponderando las virtudes de los “iztafils”.
Queriendo tener todos la última palabra, los cuatro hombres se ponen a pelearse. Cuando están a punto de llegar a las manos, un sabio, acertando a pasar por su camino, comprende la razón de su disputa y les calma enseguida diciéndoles:
- ¡Dejad ya de pelearos! Pues habláis de lo mismo. Lo que todos vosotros queréis no es sino comer uva. Ésta se llama “angûr” en persa, “inab” en árabe, “uzum” en turco y “iztafil” en griego.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Consigamos algo...


VIDA PARA UNA ESTRELLA DE MAR

En un lejano paraje de sol y de paz se hallaba un escritor de nombre Cronom, que vivía junto a un pequeño poblado de pescadores. Su vida era tranquila y gozaba del respeto y la estima de las personas que lo conocían. Cronom, amante de los silencios y de la contemplación de la naturaleza, todas las mañanas solía caminar al alba por la orilla del mar, observando el disco solar, que, pleno de vida y fuerza, le enviaba las más bellas inspiraciones.
Sucedió que un día, aparentemente como todos, paseando por aquella desierta playa, Cronom divisó a una joven que, por sus movimientos, parecía estar bailando sobre la orilla. Poco a poco, conforme se fue acercando, comprobó que se trataba de una muchacha que recogía las estrellas de mar que hallaba en la arena y que las devolvía al océano con gracia y ligereza.
- ¿Por qué hace eso?- preguntó el escritor un tanto intrigado.
- ¿No se da usted cuenta?- replicó la joven- Con este sol de verano, si las estrellas se quedan aquí, en la playa, se secarán y morirán.
El escritor, sonriendo, contestó:
- Joven, existen miles de kilómetros de costa y centenares de miles de estrellas de mar… ¿Qué consigue con eso? Usted sólo devuelve una pocas al océano.
La joven, tomando otra estrella es su mano y mirándola fijamente, dijo:
- Tal vez, pero para ésta ya he conseguido algo… - y la lanzó al mar. Al instante le dedicó una amplia sonrisa y siguió su camino.
Aquella noche el escritor no pudo dormir… Cuando llegó el alba, salió de su casa, buscó a la joven en la playa dorada, se reunió con ella y, sin decir palabra, comenzó a recoger estrellas y a devolverlas al mar.


De Cuentos para aprender a aprender.- de José María Doria

miércoles, 17 de diciembre de 2008

No queremos ni necesitamos lo mismo


EL RUISEÑOR

Un día, un príncipe chino oyó cantar a un ruiseñor. Maravillado por la belleza de su canto, decretó que era un pájaro real que debía estar en palacio. Ordenó su captura.
Cuando le trajeron el pájaro, lo encerró en una magnífica jaula de oro. Le hizo servir los manjares más exquisitos y convocó a los mejores músicos del imperio para que le hicieran compañía. Sin embargo, por más que fue rodeado de mil atenciones, el ruiseñor dejó de cantar, se desmejoró y murió en una semana.

(Lo que era bueno para el príncipe no lo era necesariamente para el pájaro. Hay que aprender a hablar el lenguaje de cada uno. El príncipe no veía más que lo que era bueno para él y lo aplicaba a todo el mundo)

martes, 16 de diciembre de 2008

Aprender a mirar... Aprender a ser felices

A veces pasamos por la vida y no vemos lo que hay, porque o no sabemos mirar o quizás estemos ocupados en otras cosas... probemos a no ir con tanta prisa o a cambiar las gafas, o simplemente a limpiarlas...
Queremos ser felices, aprendamos a serlo.

lunes, 15 de diciembre de 2008

O nos levantamos o seremos devorados...

EL HOMBRE QUE SE CREÍA MUERTO

Había una vez un hombre muy aprensivo respecto de sus propias enfermedades y, sobre todo, muy temeroso del día en que le llegara la muerte.
Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió pensar que a lo mejor ya estaba muerto. Entonces preguntó a su mujer: “Dime, mujer. No estaré muerto?”.
La mujer rió y le dijo que se tocara las manos y los pies.
- ¿Ves? ¡Están tibios! Bien, eso quiere decir que estás vivo. Si estuvieras muerto, tus manos y tus pies estarían helados.
Al hombre le pareció muy razonable la respuesta y se tranquilizó.
Pocos semanas después, un día en que estaba nevando, el hombre fue al bosque a cortar leña. Cuando llegó al bosque, se quitó los guantes y empezó a cortar troncos con un hacha.
Sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y notó que estaba fría. Acordándose de lo que le había dicho su esposa, se quitó los zapatos y los calcetines y confirmó con horror que sus pies también estaban helados.
En ese momento no le quedó ya ninguna duda: “se dio cuenta” de que estaba muerto.
- No es bueno que un muerto ande por ahí cortando leña – se dijo. Así que dejó el hacha junto a su mula y se tendió quieto en el suelo helado, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados.
Al poco de estar tendido en el suelo, una jauría de perros se acercó a las alforjas donde se hallaban las provisiones. Al ver que nada los detenía, destrozaron las las alforjas y devoraron todo lo que había comestible en ellas. El hombre pensó: “Suerte tienen de que estoy muerto. Si no, yo mismo los echaba a patadas”.
La jauría siguió husmeando y descubrió a la mula atada a un árbol, fácil presa para los afilados dientes de los perros. La mula chilló y coceó, pero el hombre sólo pensaba en cómo le hubiera gustado defenderla, si no fuera porque estaba muerto.
En pocos minutos dieron buena cuenta de la mula, y tan sólo algunos perros seguían royendo los huesos.
La jauría, insaciable, siguió rondando el lugar.
No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros percibió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio al leñador tendido inmóvil sobre el suelo. Se acercó lentamente, muy lentamente, porque para él los hombres eran seres muy peligrosos y traicioneros.
En pocos instantes, todos los perros rodearon al hombre con sus fauces babeantes.
Ahora me van a comer- pensó el hombre-. Si no estuviera muerto, otra sería la historia.
Los perros se acercaron...
... y viendo su inmovilidad, se lo comieron.

domingo, 14 de diciembre de 2008

El RUMBO y la META no son lo mismo


HACERSE LA PREGUNTA CORRECTA

El navegante sonríe y levanta la vista con intención de volver a puerto. Otea en todas las direcciones, pero lo único que ve es agua. Se da cuenta de que la tormenta lo ha llevado lejos de la costa y de que no sabe dónde está. Toma conciencia de que está perdido.
Empieza a desesperarse y, en un momento dado, se queja en voz alta diciendo:
- Estoy perdido. ¡Qué barbaridad!
Y se acuerda, como a veces pasa lamentablemente sólo en esos momentos, de que él es un hombre educado en la fe, y mirando al cielo, dice en voz alta:
- Dios mío, estoy perdido. Ayúdame, Dios mío, estoy perdido…
Aunque parezca mentira, se produce un milagro: el cielo se abre- un círculo diáfano aparece entre las nubes- y un rayo de sol ilumina casi exclusivamente el velero, como en las películas. Misteriosamente se escucha una voz profunda (¿Dios?) que dice: - ¿Qué te pasa?
El hombre se arrodilla frente al milagro e implora lloroso:
- Estoy perdido, no sé dónde estoy, ilumíname, Señor. ¿Dónde estoy, Señor? ¿Dónde estoy?
De repente, la voz, respondiendo a aquella llamada desesperada, dice:
- En estos momentos estás a 38 grados latitud sur y 29 grados longitud oeste.
- Gracias, gracias… - dice el hombre más que emocionado por lo sucedido.
- Pero pasada la primera alegría, piensa un ratito y se inquieta retomando su queja:
- ¡Estoy perdido, Dios mío! ¡Estoy perdido!
Acaba de darse cuenta de que con saber dónde está no se deja de estar perdido.
- ¿Qué pasa? – dice de nuevo la voz celestial.
- Es que en realidad no me basta con saber dónde estoy. Lo que me tiene perdido es que no sé a dónde voy.
- Vuelves a Buenos Aires- le responden.
- Ahora, más rápidamente, antes de que el cielo comience a cerrarse, el hombre grita: - Estoy perdido, Dios mío, estoy desesperado!
La voz le habla por tercera vez:
- ¡¿Y ahora qué pasa?!
- Es que, sabiendo dónde estoy y a dónde quiero llegar, sigo tan perdido como antes porque ni siquiera sé dónde está el puerto.
La voz celestial empieza a decir:
- Buenos Aires está a 38 grados latitud oeste y 21 grados…
- ¡No, no, no!- interrumpe el hombre.
- Pero tú me pediste….-replica la voz.
- Sí Diosito… yo sé lo que te pedí, pero, ¿sabes qué pasa? Que acabo de comprender que no basta con saber dónde estoy y a dónde voy. Necesito saber cuál es el camino para llegar. Eso necesito saber: cuál es el camino para ir desde donde estoy hasta donde voy. Por favor, Dios mío, por favor…
En ese instante, cae desde el cielo un pergamino atado con una cinta celeste. El hombre extiende el papel y encuentra dibujado con toda claridad un mapa.
Arriba a la izquierda hay un puntito rojo que se enciende y se apaga con un letrero que dice: “Usted estás aquí”
Abajo a la derecha un punto azul donde se lee: “Buenos Aires”.
Y en un tono amarillo fosforescente, una línea, rodeada de varios círculos con indicaciones: remolino, arrecifes, piedrecitas, viento fuerte de acá y de allá… Se trata claramente de una ruta que une aquellos puntos: el camino a seguir para llegar a destino. El hombre, por fin, se pone contento. Se arrodilla, se santigua y dice:
- Gracias, Dios mío, gracias.
El marino leva anclas, estira la vela, mira el mapa, observa para todos lados… y vuelve a gritar una vez más:
- ¡Estoy perdido, estoy perdido!


¿Qué es lo que le falta? Saber hacia donde. ¿Cómo haría un hombre que navega para determinar el rumbo? Seguramente una brújula le proporcionaría esta información. Sabiendo dónde está, a dónde va y teniendo un mapa, no sabrá en qué dirección viajar si no puede fijar el rumbo.
El rumbo es una cosa y la meta es otra. La meta es el punto de llegada; el camino es como llegar. El rumbo es la dirección, el sentido; y el único dato que permite asumir que no estás perdido.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Tiempo al tiempo...


UN CUENTO PARA PENSAR...

Había una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio... Todos estaban allí. A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente tranquila e incluso previsible. A veces la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba algún escándalo, pero muchas veces la Constancia y la Conveniencia lograban aquietar el Descontento.
Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó una reunión. Cuando la Distracción se dio por enterada y la Pereza llegó al lugar del encuentro, todos estuvieron presentes.
Entonces, el Conocimiento dijo:
- Tengo una mala noticia que daros: la isla se hunde.
Todas las emociones que vivían en la isla dijeron:
- ¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!
El Conocimiento repitió:
- La isla se hunde.
- ¡Pero no puede ser! ¡Quizá estás equivocado!
- El Conocimiento casi nunca se equivoca – dijo la Conciencia dándose cuenta de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde.
- ¿ Pero qué vamos a hacer ahora?- se preguntaron los demás.
Entonces, el Conocimiento contestó:
- Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla... Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.
- ¿ No podrías ayudarnos? – preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.
- No – dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.
Las emociones dijeron:
- ¡ No! ¡ Pero no ¡ ¿ Qué será de nosotros?
Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que como no es tonto ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.
Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero... Todas... salvo el Amor.
Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:
- Dejar esta isla... después de todo lo que viví aquí... ¿ Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahh... compartimos tantas cosas...
Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos. Tocó cada piedra... y acarició cada rama...
Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:
“Quizá la isla se hunda un ratito... y después resurja... ¿por qué no?”
Y se quedó durantes días y días midiendo la altura de la marea para revisar si el proceso de hundimiento no era reversible...
La isla se hundía cada vez más...
Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería.
Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, siempre él podría refugiarse en la zona más alta... Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él.
Así que, una vez más, tocó las piedritas de la orilla... y se arrastró por la arena... y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa que otrora fue enorme...
Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hacia la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada...
Y la isla se hundía cada día un poco más...
Y el Amor se refugiaba cada día en un espacio más pequeño...
- Después de tantas cosas que pasamos juntos...- le reprochó a la isla.
Hasta que, finalmente, solo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por l agua.
Justo en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no dejaba la isla, el amor desaparecería para siempre de la faz de la tierra...
Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía.
Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco ante sus ojos.
Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros le comprendiera y le llevara.
Observando el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. La riqueza se acercó un poquito a la bahía.
- Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿ no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote...
Y la Riqueza le contestó:
- Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento...- y siguió su camino sin mirar atrás.
El Amor siguió observando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, carieles, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.
E Amor se estiró un poco y gritó:
- ¡Vanidad... Vanidad... llévame contigo!
La Vanidad miró al Amor y le dijo:
- Me encantaría llevarte, pero... ¡tienes un aspecto ¡... ¡ estás tan desagradable... tan sucio y tan desaliñado ¡... Perdón, pero creo que afearías mi barco – y se fue.
Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.
- Tristeza, hermosa – le dijo-, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo... ¿ Me llevarás contigo?
Y la Tristeza le contestó:
- Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaaan triste...que prefiero estar sola – y sin decir más se alejó.
Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligada a esas cosas que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer.
Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final...
- Chst-chst-chst...
Era un desconocido viejecito que le hacía señas desde un bote de remos.
El Amor se sorprendió:
- ¿A mi?- preguntó, llevándose una mano al pecho.
-Sí, sí-dijo el viejecito-, a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.
El Amor le miró y quiso darle explicaciones:
- Lo que pasó fue que yo me quedé...
- Entiendo- dijo el viejecito sin dejarle terminar la frase-, sube.
El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla.
No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecía para siempre.
- Nunca volverá a existir una isla como esta- murmuró el Amor, quizá esperando que el viejecito le contradijera y le diera alguna esperanza.
- No- dijo el viejo-,como ésta, nunca.
Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo.
Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.
Giró sobre sus pies para agradecerle al viejecito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.
Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:
-¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó... Nadie comprendía que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo ni siquiera sé quien es...
La Sabiduría lo miró a los ojos un buen rato y dijo:
--El es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir adelante. El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te salvó Amor, es el Tiempo.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Las codicias...




EL BURRITO DESCONTENTO
Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca. - Paja seca! - se decía el Burrito, despreciándola. Vaya una cosa que me pone mi amo! Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierba verde.- Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol. - Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí hagan harina. Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación.Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda. - Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega. El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones.El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera: - Si nada me gustó la primavera, menos aún me agrado el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por los senderos de la vida: Contentarnos con nuestra suerte es el secreto de la felicidad.

  • Bueno… yo cambiaría la frase, lo de “contentarnos” me hace referencia a acomodarse… “La codicia y la ambición no ayudan a conseguir la felicidad”

jueves, 11 de diciembre de 2008

El lobito bueno...

EL LOBITO BUENO

Érase una vez un Lobito Bueno.
Nació en una montaña, pero desde que era pequeño miraba siempre hacia el llano, en donde había un pueblo. Le gustaba ver a los niños que corrían por las calles.
- Quiero ir al pueblo.
Los lobos mayores le riñeron.
- No vayas, es peligroso. Las personas son capaces de cualquier cosa. Te harán daño.
Pero el Lobito Bueno no hizo caso. Un día, cuando no lo veían los otros lobos, se escapó, bajó al llano y entró en el pueblo.
Caminó por las calles y llegó a la plaza.
- ¡Hola! Me llamo Juan.
- ¡Hola! Me llamo María.
Y se sentaron a su lado, acariciándolo.
Desde aquel día fueron sus amigos.
La gente del pueblo quería mucho al Lobito Bueno, porque era simpático y cariñoso, y ayudaba a todo el mundo.
Vigilaba las casas, acompañaba a los niños al colegio y llevaba las cestas del pan.
Y lo que mejor hacía era cuidar los rebaños de corderos, para que no se perdieran ni se hiciesen daño.
Pero en el pueblo las cosas no iban bien. La gente decía:
- Hemos recogido poco trigo.
- No hay patatas.
- No tenemos dinero.
- Nos iremos a trabajar a la ciudad.
Y se iban. Vendían las gallinas, los corderos y los cerdos, atrancaban las puertas de las casas y subían al autocar.
El Lobito Bueno no entendía lo que pasaba. ¿Adónde se irían? Pero un día Juan y María le dijeron:
- Nosotros también nos vamos. Ya hemos hecho las maletas. Aquí no se va a quedar nadie. ¿Qué harás tú?
¿Qué iba a hacer? Pues marcharse, como todo el mundo.
Aquella tarde, cuando Juan y María subieron al autocar, el Lobito Bueno intentó primero esconderse entre las maletas, pero lo vieron y lo sacaron de allí. Entonces trepó por la escalerilla trasera y se sentó en el portapaquetes, con los cestos y los bultos.
Después de un viaje muy largo, el autocar entró en una gran ciudad. Las casas eran altas y grises, y en las calles no había árboles. Todo estaba lleno de coches.
Cuando el autocar se detuvo y empezó a salir la gente, el Lobito Bueno bajó de un salto para ponerse al lado de Juan y María. Pero un guardia que estaba en la calle se puso a tocar un silbato y a gritar y a empujar a todos los que acababan de llegar del pueblo:
- ¡Ustedes, circulen por aquí! ¡Eh, sigan, no entorpezcan el paso! ¡Retiren esos bultos! ¡Vamos de prisa!
Se armó un lío tremendo. Todos agarraron sus cestos y maletas y echaron a correr. Cuando el Lobito Bueno se dio cuenta ya no había nadie a su lado. ¿Dónde estaban Juan y María? Seguramente sus padres se los habían llevado.
El Lobito Bueno estuvo buscándolos todo el día por la ciudad. Dio vueltas y vueltas, y pasó por muchas calles y plazas, pero no pudo encontrarlos.
Estaba muy cansado y entró en el portal de una casa. Vio una alfombrilla que había al pie de la escalera y se echó allí, para reposar. Pero la portera se enfadó y lo echó a escobazos.
El Lobito Bueno caminó otra vez por las calles, esquivando los coches y mirando a la gente, para ver si alguien le hacía caso. Nadie le decía nada.
Tenía hambre. Y como no le daban de comer se acercó a una tienda para ver si conseguía un poco de pan. Cuando el dueño lo vio se puso furioso y quiso pegarle con un palo grande.
Corrió y corrió hasta que llegó a un lugar en donde se acababan las casas y empezaba el campo. Allí vio a un pastor que estaba con un rebaño de corderos. No había perro.
El Lobito Bueno se aproximó, pensando que podría vigilar el rebaño, como hacía en el pueblo, y entonces el pastor le daría pan y queso. Pero los corderos , al verlo, se le echaron encima y empezaron a maltratarlo. Y el pastor le tiró piedras. ¡A correr otra vez!
Cando estuvo lejos y vio que nadie le perseguía, se detuvo y empezó a pensar.
Pensó y pensó. No quería vivir en la ciudad, pues había perdido a sus amigos y además todo el mundo le pegaba. Tampoco le gustaba volver al pueblo, porque en el pueblo ya no había nadie.
Mientras pensaba estas cosas se dio cuenta de que sus uñas y dientes estaban creciendo. Aulló, y el ruido que hizo fue tan fuerte que pareció un rugido.
Entonces tomó una determinación. Se adentró en un bosque y se metió en la primera cueva que encontró.
Y en el bosque se quedó para siempre.
Durante el día estaba escondido en la cueva y por las noches salía afuera y daba grandes aullidos, mirando hacia la luna. Sus uñas y sus dientes eran enormes.
Cuando tenía hambre se acercaba al pueblo y se comía a las personas y los corderos que encontraba.
Y esto ocurrió porque el Lobito Bueno, desengañado por todas las cosas que le sucedieron, se había convertido en un lobo, en un LOBO FEROZ como todos los lobos de este mundo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El NO ,existe.

CENICIENTA SUPO DECIR “NO”

Pufff… ya son las once de la noche y todavía me quedan por lavar los platos de la cena. Y mañana me tengo que levantar a las cinco, como siempre. ¡Estoy tan cansada!- esto era lo que Cecilia pensaba, pero decirlo en voz alta… ¡jamás!
- De acuerdo… Ya voy… Ahora mismito… Como a ti te parezca… Está bien- eran las únicas palabras que se le había escuchado decir.
Y Cecilia lavaba, planchaba, limpiaba, lustraba, barría, cocinaba y atendía a todos los demás. Solo de vez en cuando se escondía en su cuarto, a leer. A leer su cuento favorito: La Cenicienta.
… Y el hada se le apareció y la vistió con un traje de seda, el más hermoso que nunca había visto y le regaló unos zapatitos de cristal. “Debes llegar antes de la última campanada de las doce de la noche, porque después el hechizo se romperá…”
- Cecilia… ¡Cecilia!
- Ya voy.
Y el hechizo se rompía.
- Algún día, si soy muy buena y hago perfectamente todo lo que me piden y nunca me quejo… si soy como Cenicienta, vendrá mi hada madrina y me convertirá en princesa- pensaba Cecilia. Y corría esperanzada, escaleras abajo, para servir a los demás.
… Y el príncipe y Cenicienta bailaron y bailaron toda la noche sin tener oídos ni ojos para nadie más. De repente, comenzaron a sonar las campanas. Eran las doce de la noche. “Me tengo que ir”, dijo Cenicienta, apurada, mientras salía corriendo rápidamente del lugar. Pero cuando iba bajando las escaleras, uno de los zapatitos de cristal se le cayó y, por la prisa, ella no volvió a recogerlo. Entonces, el apuesto príncipe se levantó y …
- Cecilia… ¡Cecilia!
- Ya voy.
Y el hechizo se rompía. Una y otra vez, Cecilia volvía a la realidad y la esperada hada madrina no llegaba jamás. Días, semanas, meses… La vida de Cecilia seguía siempre igual. ¡Y no era precisamente la vida de una princesa!
- ¿Y si se perdió entre tanta gente de este mundo y no me encuentra?- se le ocurrió un día-. La voy a llamar: hada madrina, hadita…
Pero nada. Era como si el hada no existiera.
- ¿Sabes lo que pasa, Cecilia? Me parece que la llamas mal. Las hadas no vienen así como así, justo cuando las necesitas. Hay Que llamarlas de una manera especial- le dijo su mejor amiga, Paula.
- Pero en el cuento, el hada aparece sola, sin que Cenicienta la tenga que llamar.
- Sííí…pero eso solo pasa en los cuentos. En la vida real es diferente. Yo conozco la manera de llamar a las hadas. Pero es un secreto, ¿eh’
Cecilia se limpió la naricita con la manga y miró a su amiga con ansiedad.
- Las tienes que llamar cantando. Eso les gusta muchísimo.
Algo así como: “haaada/ ha-da-madriiina/ ven a mí/ven-ven-ven”. ¿Lo entiendes?
Cecilia asintió.
- Pero, además, debes tener el cuerpo preparado para recibirla-continuó Paula-. Es decir, debes tener el aroma de su comida preferida. En cuanto huelen su comida favorita, vienen enseguida. Y lo que más les gusta es el repollo con aceitunas y moras.
- ¿Repollo con aceitunas y moras? ¿Todo junto a una misma comida?
- Sí, todo junto en una misma comida.
- ¿Y qué tengo que hacer? ¿lo cocino y me lo pongo de perfume?
- Nooo… Lo cocinas y te lo comes. No puedes comer otra cosa en diez días, hasta que tus poros exhalen ese aroma. Ese es el secreto. Oler y cantar. No falla. ¡Ah, y… algo más? No puedes dormirte. Porque a las hadas les gusta aparecer por la noche.
Cecilia se puso pálida. ¿No dormir en diez días, comer una comida estrafalaria y cantar por los rincones es lo que tenía que hacer para llamar a su hada madrina?
- Y te convertirá en princesa-concluyó Paula.
Ya no hizo falta nada más para convencerla. Con tal de convertirla en princesa, Cecilia era capaz de hacer eso y mucho más. Claro que no fue nada fácil. Después de diez días, tenía el estómago revuelto de tanto repollo, la piel violeta de no dormir (o de comer tantas moras) y la voz ronca de no dormir y de tanto cantar por los rincones. Pero su hada madrina seguía sin aparecer.
- Bueno… vamos a tener que poner en marcha el plan dos- le sugirió Paula.
- ¿El plan dos?- preguntó cecilia tratando de mantener los ojos abiertos.
- Cuando las hadas no están en casa, están en el bosque. Tendrás que ir a buscarla ahí.
- ¿Ir al bosque? ¿Yo sola al bosque?
- Sí, y de noche. Es un método infalible. Allí las encontrarás, seguro. Lo único que tienes que hacer es ir, sentarte en algún lugar y cantar la canción de las hadas.
- No sé… me da mucho miedo.
- Y vendrá y te convertirá en princesa.
Y Cecilia partió por la noche hacia el bosque a buscar a su ansiada hada madrina.
¡Qué miedo, Dios, qué miedo! Se sentó sobre una roca en un claro del bosque y se puso a cantar:”Haaada/ha/da-madrina/ven a mi/ven aquí/te estoy llamando/te estoy esperando/ven/ven a mí/ven-ven-ven!.
- ¡Qué canto más extraño!
- Hada madrina… ¿Eres tú?
- Más o menos.
Cecilia giró la cabeza y vio que, a su lado, había una pequeña planta de flores rosadas.
- ¿Eres o no eres mi hada madrina?
- Más o menos. Soy tu flor madrina.
Una flor madrina? Eso sí que no lo había escuchado nunca. Pero, en fin, era madrina.
- ¿Y me trasformarías en la princesa más bonita de todo el reino?
- ¿Convertirte en una princesa? ¿Yo?- la flor la miraba sorprendida.
- Sííí. Me convertirás en una princesa y ya no tendrá que atender a nadie más. Ya no tendré que decirles a todos: “Sí… Ya voy…En seguida… Lo que a ti te parezca…”. Podré hacer lo que me parezca, lo que yo quiera, lo que yo diga. ¡Me convertiré en princesa! ¡Me convertiré en princesa…!
- Pero si yo no puedo convertirte en princesa-dijo finalmente la flor.
Cecilia se detuvo en seco.
- ¿Qué has dicho? ¿No habrás dicho que no puedes convertirme en princesa, verdad?
- Sí. He dicho eso.
- Pero… ¿qué clase de hada madrina eres?
- Yo no soy una hada madrina. Yo soy una flor madrina. No tengo varita mágica. No puedo volar. Y no puedo transformarte en nada.
Durante un rato, Cecilia la miró enojada.
- Entonces… entonces… ¡eres una flor madrina de morondanga! Una flor madrina que no sirve para nada. Eres… eres… ¡Eres una inútil!
- Lo que sí puedo darte son mis palabras mágicas. Mis palabras mágicas preferidas.
- ¿Cuáles? ¿Cuáles son? ¿Qué tengo que hacer? ¿Tengo que decir tus palabras mágicas para convertirme en princesa?
- No. Mis palabras mágicas preferidas son:
NO QUIERO/SÍ QUIERO
NO PUEDO/ SÍ PUEDO
- El secreto está- continuó la flor- en saber usar estas palabras mágicas en el momento adecuado. Si las aprendes a utilizar correctamente, serás libre. Y si eres libre, ya no necesitarás transformarte en ninguna princesa.
Y con una pequeña sacudida, Centaury, la flor, le llenó el vestido de pétalos. No era el vestido de una princesa, no, pero a Cecilia le gustó más que el de Cenicienta.


Cuento adaptado del original Educando al hada madrina (extraído del libro Flores y cuentos, de Diana Drexler)

martes, 9 de diciembre de 2008

Caminante, se hace camino al andar

Sembrar futuro


SEMBRAR EL FUTURO

En un oasis escondido se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, al lado de unas palmeras datileras. Su vecino Hakim lo encontró sudando y escarbando en la arena.
- ¿Qué haces aquí con este calor?
- Estoy sembrando dátiles – contestó el viejo.
- ¡Dátiles! – repitió Hakim-. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a beber una copa de licor.
- No, debo terminar la siembra.
- Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y solo cuando se convierten en palmeras adultas dan frutos. Ojalá vivas hasta los ciento un años, pero sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo.
- Mira, Hakim; yo he comido los dátiles que sembró otro, que tampoco soñó con comer esos dátiles. Yo siembro hoy para que otros puedan comer mañana. Sólo en honor de ese desconocido vale la pena terminar la tarea.
- Me has dado una gran lección, Eliahu. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza.
- Gracias, Hakim. Ya ves, a veces pasa esto. Tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, pero, fíjate, no he acabado de sembrar y ya he cosechado unas monedas y la gratitud de un amigo.
- Tu sabiduría me asombra. Ésta es la segunda lección, que me das hoy, y quizás es más importante que la primera. Déjame pues que te la pague con otra bolsa de monedas.
- Y a veces pasa esto- siguió el anciano-, sembré para no cosechar y, antes de sembrar, coseché no sólo una, sino dos veces.
- Ya basta, viejo. No sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas temo que mi fortuna no sea suficiente para pagarte…
De Déjame que te cuente, de Jorge Bucay

lunes, 8 de diciembre de 2008

Preparad@s para desplegar las alas?


DESPLEGAR LAS ALAS

Érase una vez un granjeo que encontró una pequeña águila malherida. Como era un hombre de buen corazón, decidió llevársela a su granja para curarla y darle una vida digna junto al resto de sus animales.
Pasaron los días y cuando el águila ya estuvo totalmente repuesta de sus heridas, el granjero la instaló en el corral, donde pronto aprendió a comer por la misma comida que los pollos y a comportarse igual que ellos. Un buen día, un naturalista que pasaba por allí le preguntó al granjero:
-¿Por qué esta águila permanece encerrada en el corral con los pollos y las gallinas? ¿Es que no puede volar?
Y el granjero respondió:
- La encontré hace tiempo herida en el bosque y, como le he dado la misma comida que a los pollos y la he criado junto a ellos, no ha aprendido a volar. En realidad, ya es un pollo más; ha dejado de ser un águila.
A lo que el naturalista repuso:
- Es muy hermoso lo que has hecho por ella. Sin embargo, tiene corazón de águila y, créeme, puede volar. ¿Qué te parece si la ponemos en situación de hacerlo?
- Creo que si hubiera querido volar, ya lo habría hecho… Yo nunca se lo he impedido.
- Es cierto, tú no se lo has impedido, pero, como has dicho, le has enseñado a ser un pollo. Y esa es la razón por la cual no vuela. ¿Y si le enseñáramos a volar como las águilas?
- Pero, ¿por qué insistes? Mírala: se comporta como los pollos; ya no es un águila. ¡Qué le haremos: hay cosas que no se pueden cambiar! – exclamó el granjero con resignación.
- Me parece que te fijas demasiado en sus dificultades para volar. ¿Qué te parecería si nos fijásemos ahora en sus posibilidades?
- Pues tengo mi duda, porque… ¿qué es lo que cambia si en lugar de pensar en las dificultades pensamos en las posibilidades?
- Buena pregunta- respondió, complacido el naturalista-. Si solo pensamos en las dificultades, es probable que nos conformemos con su comportamiento actual. Pero ¿no crees que pensar en sus posibilidades de volar nos motivará para darle oportunidades e intentar ver si surten efecto?
- Es posible… -concedió el granjero.
Animado, el naturalista sacó al animal del corral. Lo cogió suavemente en brazos y lo llevó hasta un montículo cercano. Entonces con gran respeto y solemnidad, le dijo:
- Tú perteneces al cielo, no a la tierra: abre tus alas y vuela. Puedes hacerlo.
Pero estas persuasivas palabras no parecían convencer al águila… Estaba confusa y, en cuanto divisó a los pollos comiendo, se fue dando saltos a reunirse con ellos.
Al día siguiente y sin desanimarse, el naturalista llevó al águila al tejado de la granja y la animó diciéndole:
-Eres un águila. Abre las alas y vuela. De veras: tú puedes hacerlo.
El animal contempló aterrado el vasto universo que se extendía bajo sus ojos. Sintió tanto miedo que, temblando, miró al naturalista y huyó una vez más dando pequeños saltitos hacia el corral.
Pero el naturalista era muy tenaz. Así que, muy temprano al día siguiente, llevó al águila a la montaña más alta de los alrededores. Y una vez en la cima, la cogió con ternura y le miró a esos ojos inundados de miedo, susurrándole:
-Es natural que tengas miedo. Pero ya verás como vale la pena intentarlo. Podrás recorrer distancias enormes, visitar lugares increíbles, jugar con el viento y conocer a otras águilas. Eres un águila: abre las alas y vuela…
El águila miró, primero, en dirección a la granja lejana; y, después, hacia el cielo. Entonces, el naturalista la levantó hacia el sol y, de pronto, el animal desplegó sus entumecidas alas y, al fin, con un graznido triunfante, voló y voló alejándose hacia el horizonte… Había recuperado sus posibilidades.

Adaptado de un cuento tradicional de Ghana, El águila que no quería volar, popularizado por James Aggrey


domingo, 7 de diciembre de 2008

El espíritu de independencia

EL ESPÍRITU DE INDEPENDENCIA

Había una vez una familia de pastores. Tenían todas las ovejas juntas en un solo corral. Las alimentaban, las cuidaban y las paseaban. De vez en cuando las ovejas trataban de escapar. Entonces , el más viejo de los pastores les decía: “Vosotras, ovejas inconscientes y soberbias, no sabéis que, fuera, el valle está lleno de peligros. Sólo aquí podréis tener agua, alimentos y, sobre todo, protección contra los lobos”. En general, esto bastaba para frenar los “aires de libertad” de las ovejas.
Un día nació una oveja diferente. Digamos que era una oveja negra. Tenía el espíritu rebelde y animaba a sus compañeras a huir hacia la libertad de la pradera.
Las visitas del viejo pastor para convencer a las ovejas de los peligros exteriores se hicieron cada vez más frecuentes. No obstante, las ovejas estaban inquietas y, cada vez que se las sacaba del corral, daba más trabajo reunirlas de nuevo. Hasta que, una noche, la oveja negra las convenció y huyeron.
Los pastores no notaron nada hasta el amanecer, cuando vieron el corral roto y vacío. Todos juntos fueron a llorarle al anciano jefe de familia.
- ¡Se han ido, se han ido! ¡Pobrecitas!
- ¿Y el hambre? ¿Y la sed?
- ¿Qué será de ellas sin nosotros?
El anciano tosió, aspiró su pipa y dijo:
- Es verdad lo que decís, ¿qué será de ellas sin nosotros? Y, lo que es peor, que será de nosotros sin ellas?

De Déjame que te cuente, de Jorge Bucay

Felicidades!!!

Marya y Pedro están de cumpleaños!!!!!!!
Y para felicitarlos y desearles lo MEJOR con montones de besos y abrazos.
¿Qué os parece unas tonterías cariñosas?
FELICIDADES!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Hoy y siempre.


sábado, 6 de diciembre de 2008

Nuestro Unicornio...

Los Unicornios son un símbolo. Representan fuerza, libertad, imaginación, sueños, ilusiones... Aunque pasado el Romanticismo pocos historiadores se refirieran a ellos más que para desmentir supuestas apariciones, los unicornios de alguna manera están presentes, porque lo que simbolizan sigue existiendo. Las ilusiones, el deseo de libertad, la fuerza de la naturaleza, las ganas de soñar... Tal vez todavía hoy sigan ahí paseando entre los árboles de un bosque. Tal vez si tú eres una de esas personas en las que reina la ternura y paseas de cuando en cuando por las cercanías de algún bosque, te parezca ver una luz extraña entre los árboles. Y puede que sea algún rayo de sol reflejándose en un cuerno...

Se dice también que no se dejan ver más que por los puros de corazón, y que entre ellos, solo los más puros, los hechos de bondad y ternura, solo esos pueden tocarlos



MI UNICORNIO AZUL
SILVIO RODRIGUEZ
Mi unicornio azul ayer se me perdió,
pastando lo deje y desapareció.
Cualquier información bien la voy a pagar.
Las flores que dejó no me han querido hablar.
Mi unicornio azul ayer se me perdió,
no sé si se me fue, no sé si extravió,
y yo no tengo más
que un unicornio azul.
Si alguien sabe de él,
le ruego información,
cien mil o un millón
yo pagaré.
Mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue...
Mi unicornio y yo hicimos amistad,
un poco con amor, un poco con verdad.
Con su cuerno de añil pescaba una canción,
saberla compartir era su vocación.
Mi unicornio azul ayer se me perdió,
y puede parecer acaso una obsesión,
pero no tengo más que un unicornio azul
y aunque tuviera dos, yo solo quiero aquel.
Cualquier información, la pagaré.
Mi unicornio azul,
se me ha perdido ayer,
se fue...


¿Quizás hable de la magia perdida, de las ilusiones olvidadas?
¿Qué os sugiere a vosotros y a vosotras?

viernes, 5 de diciembre de 2008

BUZÓN DE SUGERENCIAS PARA LA WEB


¿Queréis implicaros en la confección de los apartados de la web ?
Aquí podéis dejar vuestras sugerencias.
Quizás no sea el lugar más apropiado para colocar el BUZÓN, pero no sé hacerlo de otro modo para que sea operativo. Si alguien sabe como ponerlo en otro sitio y quiere ayudarme , ya sabe... Me lo dice y lo hacemos.
GRACIAS !!!!

Mantenemos la ilusión?


MANTENER VIVA LA ILUSIÓN

Cuentan que el viejo relojero volvió al pueblo después de dos años de ausencia. El mostrador de su relojería recibió en una sola tarde todos los relojes del pueblo, que a su tiempo se habían detenido y que habían quedado esperándolo en algún cajoncito de la casa de sus dueños. El joyero revisó cada uno, pieza a pieza, engranaje por engranaje. Pero sólo uno de los relojes tenía arreglo, el del maestro, todos los demás eran ya máquinas inservibles.
El reloj del maestro era un legado de su padre y posiblemente por eso el día que se detuvo marcó para ese hombre un momento muy triste. Sin embargo, en lugar de dejar el reloj olvidado en su mesita de noche, el maestro cada noche tomaba su viejo reloj, lo calentaba entre sus manos, lo lustraba, le daba apenas una media vuelta a la tuerca y lo agitaba deseando que recuperara su andar. El reloj parecía complacer a su dueño, que durante algunos minutos se quedaba escuchando el conocido tictac de su máquina. Pero enseguida volvía a detenerse otra vez.
Fue este pequeño ritual, este ocuparse del reloj, este cuidado amoroso, lo que evitó que su reloj se trabara para siempre.
Fue mantener viva la ilusión lo que salvó a su reloj de morir oxidado.


De Cuenta conmigo, Jorge Bucay

jueves, 4 de diciembre de 2008

NeverLand Un Mundo de Ilusiones y con U

CUENTO SIN U

Caminaba distraídamente por el camino y, de pronto, lo vio.
Allí estaba el imponente espejo de mano, al lado del sendero, como esperándolo.
Se acercó, lo alzó y se miró en él.
Se vio bien.
No se vio tan joven, pero los años habían sido bastante bondadosos con él.
Sin embargo, había algo desagradable en su propia imagen.
Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos más agrios de su propia historia.
La rabia, el desprecio, la agresión, el abandono, la soledad.
Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó esa idea. Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con una más.
Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.
Caminó durante horas tratando de vencer la tentación de volver hacia el espejo. Aquel misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.
Resistió y aceleró el paso.
Tarareaba canciones infantiles para no pensar en que aquella imagen horrible de si mismo.
Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre. Se metió en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.
Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni su propia imagen reflejada en el espejo. Pero no podía evitar la memoria de aquella imagen.
La del resentimiento, la del dolor, la de la soledad, la del desamor, la del miedo, la del menosprecio.
Había ciertas cosas indecibles e impensables...
Pero él sabía dónde había empezado todo aquello...
Había empezado aquella tarde, hacía treinta y tantos años...
El niño estaba tendido, llorando frente al la lago el dolor de los malos tratos de los demás.
Aquella tarde, el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto.
Aquella letra. Aquella.
La letra necesaria para nombrar al otro si está presente. La letra imprescindible para hablar a los demás al dirigirles la palabra.
Si no había manera de nombrarlos dejarían de ser deseados... Y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios... Y sin motivo ni forma de invocarlos se sentiría, por fin, libre...


EPÍLOGO
Escribiendo sin U puedo hablar hasta de mi cansancio, del mío, del yo, de lo que tengo, de lo que me pertenece... Hasta puedo escribir de él, de ellos y de los demás. Pero sin U no puedo hablar de ustedes, del tú, de lo vuestro. No puedo hablar de lo suyo, de lo tuyo, ni siquiera de lo nuestro. Así me pasa... A veces pierdo la U... y dejo de poder hablarte, pensarte, amarte, decirte. Sin U, yo me quedo pero tu desapareces... Y sin poder nombrarte, ¿cómo podría disfrutarte? Como en el cuento... si tú no existes me condeno a ver lo peor de mí mismo reflejándose eternamente en el mismo, mismísimo, estúpido espejo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Susurremos... no pongamos distancias

LA DISTANCIA DE LOS CORAZONES

Un día, Meher Baba preguntó a sus mandalíes:
-¿Por qué las personas se gritan cuando están enojadas?
Los hombres pensaron durante unos momentos.
- Porque pierden la calma – dijo uno-, por eso se gritan.
- Pero. ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? – preguntó Baba-. ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritar a una persona cuando estás enojado?
Los hombres dieron algunas otras respuestas, pero ninguna de ellas satisfacía al maestro Meher Baba. Finalmente, él explicó:
- Cuando dos personas están enojadas y discuten, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia, deben gritar para poder escucharse. Mientras más enojadas estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse la una a la otra a través de esa gran distancia.
Luego, Baba preguntó:
- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Pues que no gritan, sino que se hablan suavemente, ¿por qué?... Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellas es muy pequeña.
Los discípulos lo escuchaban absortos y Meher Baba continuó:
- Cuándo se enamoran más aún, ¿qué sucede? Los enamorados no hablan, sólo susurran y se acercan más en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es, observad lo cerca que están dos personas que se aman. Así pues, cuando discutáis, no dejéis que vuestros corazones se alejen, no digáis palabras que los distancien más. Llegará un día en que la distancia será tanta que ya no encontraréis el camino de regreso.


Extraído de Juntos pero no atados (Ed. Amat), de Jaume Soler y M. Mercé Conangla

De vez en cuando la vida...

Sin palabras, no las necesita.

martes, 2 de diciembre de 2008

Podemos cambiar/evolucionar, si queremos

Lo malo, lo bueno, lo regular e incluso lo que ha sido "ni fu ni fa" de nuestra vida y de nuestro pasado marcan nuestra personalidad.
Vamos acumulando libertades,seguridades pero también debilidades,miedos e inseguridades.
Pero... las situaciones cambian y nosotros también. Creo que debemos revisarnos constantemente para no estancarnos.
Los retos nunca son fáciles, cuestan, y mucho, pero no perdamos la oportunidad de intentarlo...
Solos o acompañados... Adelante!!!!!!!!!

EL ELEFANTE ENCADENADO

Cuando yo era pequeño me encanaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?”.
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza....

lunes, 1 de diciembre de 2008

Declaración de intenciones

Quizás este poema sea una clara declaración de intenciones para lo que pretendemos en NeverLand. Si conseguimos que así sea nuestra relación, será fructífera, rica y duradera.
Lo intentamos? Adelante!!

QUIERO
Quiero que me oigas sin juzgarme.
Quiero que opines sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mi sin exigirme.
Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí.
Quiero que me cuides sin anularme.
Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí.
Quiero que me abraces sin asfixiarme.
Quiero que me animes sin empujarme.
Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí.
Quiero que me protejas sin mentiras.
Quiero que te acerques sin invadirme.
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten,
que las aceptes y no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas…
Que hoy puedes contar conmigo…
Sin condiciones.

Jorge Bucay

La Gallina y los Patitos

Hemos coincidido, aquí estamos y sería bueno que recordáramos que somos diferentes, que tenemos opiniones y visiones diferentes pero que si queremos podemos entendernos.

LA GALLINA Y LOS PATITOS

Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos.
Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató. Pero, por alguna razón, no llegó a comerse los huevos antes de huir, y estos quedaron abandonados en el nido.
Una gallina clueca pasó por allí y encontró el nido descuidado. Su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.
Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina por su madre y caminaban en la fila detrás de ella.
La gallina, contenta con su nueva cría, los llevó a la granja.
Todas las mañanas, después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el suelo y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra ni un mísero gusano, la mamá proveía de alimento a todos los polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos dándoles de comer en el pico.
Un día como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.
Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos se zambulleron de un salto en la laguna, con toda naturalidad, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua.
Los patitos nadaban alegres, chapoteando, y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.
El gallo apareció atraído por los gritos de la madre y se percató de la situación.
- No se puede confiar en los jóvenes- fue su sentencia-. Son unos imprudentes.
Uno de los patitos, que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo: “No nos culpéis a nosotros por vuestras propias limitaciones”.


No pienses que la gallina estaba equivocada.
No juzgues tampoco al gallo.
No creas a los patos prepotentes y desafiantes.
Ninguno de estos personajes está equivocado. Lo que sucede es que ven la realidad desde posiciones distintas.
El único error, casi siempre, es creer que la posición en que estoy es la única desde la cual se divisa la verdad.


El sordo siempre cree que los que bailan están locos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Érase una vez la paz

Érase una vez la paz es un canto, es un deseo, pero también una afirmación: La paz es posible.
Y como estamos en Un Mundo de Ilusiónes...

LA HISTORIA DE LA RESURRECCIÓN DEL PAPAGAYO

El papagayo cayó en la olla que humeaba. Se asomó, se mareó y cayó. Cayó por curioso, y se ahogó en la sopa caliente. La niña, que era su amiga, lloró.
La naranja se desnudó de su cáscara y se le ofreció de consuelo.
El fuego que ardía bajo la olla se arrepintió y se apagó.
Del muro se desprendió una piedra.
El árbol, inclinado sobre el muro, se estremeció de pena, y todas sus hojas se fueron al suelo.
Como todos los días llegó el viento a peinar el árbol frondoso, y lo encontró pelado. Cuando el viento supo lo que había ocurrido perdió una ráfaga.
La ráfaga abrió la ventana, anduvo sin rumbo por el mundo y se fue al cielo.
Cuando el cielo se enteró de la mala noticia se puso pálido.
Y el viendo al cielo blanco, el hombre se quedó sin palabras.
El alfarero de Ceará quiso saber. Por fin el hombre recuperó el habla, y contó que el papagayo se había ahogado
Y la niña había llorado
Y la naranja se había desnudado
Y el fuego se había apagado
Y el muro había perdido una piedra
Y el árbol había las hojas
Y el viento había perdido una ráfaga
Y la ventana se había abierto
Y el cielo había quedado sin color
Y el hombre sin palabras.
Entonces el alfarero reunió toda la tristeza. Y con esos materiales, sus manos pudieron renacer al muerto.
El papagayo que brotó de la pena tuvo plumas rojas del fuego
Y plumas azules del cielo
Y plumas verdes de las hojas del árbol
Y un pico duro de piedra y dorado de naranja
Y tuvo palabras humanas para decir
Y agua de lágrimas para beber y refrescarse
Y tuvo una ventana abierta para escaparse
Y voló en la ráfaga del viento.


EDUARDO GALEANO

sábado, 29 de noviembre de 2008

Las Alas son para volar

Entre todos y todas vamos a construirnos las alas...
Me acabo de acordar de un lema que a tod@s nos es muy familiar: "sin riesgo no hay gloria".

LAS ALAS SON PARA VOLAR

Cuando se hizo mayor, su padre le dijo:”Hijo mío: no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes obligación de volar, creo que seria una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado”.
- Pero yo no sé volar- contestó el hijo.
- Es verdad... – dijo el padre. Y, caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña-
- ¿Ves, hijo? Este s el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás.
El hijo dudó.
- ¿Y si me caigo?
- Aunque te caigas, no morirás. Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento – contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida.
Los más estrechos de mentes le dijeron: “¿Estás loco? ¿Para qué? Tu padre está medio loco... ¿Para que necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?”.
Los mejores amigos le aconsejaron : “¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol. Pero... ¿desde la cima?”.
El joven escuchó el consejo de quienes le querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó. Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero, desgraciadamente, se precipitó a tierra.
Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre.
-¡Me mentiste! No puedo volar. Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno..
-Hijo mío - dijo el padre-. Para volar, hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar.
Para volar hay que empezar asumiendo riesgos.
Si no quieres, lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre.

Para qué las prisas?

Nosotr@s nunca seremos tacitas acabadas... pero podemos hacer el camino para pulirnos un poco más, o quizás en uno de sus recodos tengamos que restaurarnos...

AGUANTA UN POCO MÁS…

Se cuenta que una vez en Inglaterra, existía una pareja que le gustaba visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Una de estas tiendas era una en donde vendían vajillas antiguas.
En una de sus visitas a la tienda vieron una hermosa tacita. ¿Me permite ver esa taza? Preguntó la señora, ¡ nunca he visto nada tan fino como eso! En cuanto tuvo en sus manos la taza, escuchó que la tacita comenzó a hablar.
- Usted no entiende – Yo no siempre he sido esta taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo era solo un montón de barro. Mi creador me tomó entre sus manos y me golpeó y me amoldó cariñosamente.
Luego llegó el momento en que me desesperé y le grité : Por favor… Ya déjame en paz…
Pero mi amo sólo me sonrió y me dijo: …Aguanta un poco más, todavía no es tiempo.
Después me puso en un horno. Yo nunca había sentido tanto calor… Me pregunté por que mi amo querría quemarme, así que toqué la puerta del horno.
A través de la ventana del horno pude leer los labios de mi amo que me decían: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo…
Finalmente se abrió la puerta, mi amo me tomó y me puso en una repisa para que me enfriara.
Así está mucho mejor… me dije a mi misma, pero a penas me había refrescado, cuando mi creador ya me estaba cepillando y pintando. El olor a la pintura era horrible… Sentía que me ahogaría… Por favor detente… le gritaba yo a mi amo; pero él solo movía la cabeza haciendo un gesto negativo y decía: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo…
Al fin mi amo dejó de pintarme; pero, esta vez me tocó y me metió nuevamente en otro horno… No era un horno como el primero; sino que era mucho más caliente…
Ahora sí estaba segura que me sofocaría… Le rogué, y le imploré a mi amo que me sacara…
Grité, lloré; pero mi creador sólo me miraba diciendo: Aguanta un poco más, todavía no es tiempo…
En ese momento me di cuenta que no había esperanza… Nunca lograría sobrevivir a ese horno… Justo cuando estaba a punto de darme por vencida se abrió la puerta y mi amo me tomó cariñosamente y me puso en una repisa que era aun más alta que la primera. Allí me dejó un momento para que me refrescara.
Después de una hora de haber salido del segundo horno, mi amo me dio un espejo y me dijo: Mírate ¡ esta eres tú!
¡ Yo no podía creerlo! ¿ Esa no podía ser yo! Lo que veía era hermoso. Mi amo nuevamente me dijo: Yo sé que te dolió haber sido golpeada y amoldada por mis manos; pero si te hubiera dejado como estabas, te hubieras secado. Sé que te causó mucho calor y dolor estar en el primer horno, pero de no haberte puesto allí, seguramente te hubieras estrellado.
También sé que los gases de la pintura te provocaron muchas molestias, pero de no haberte pintado tu vida no tendría color. Y si no te hubiera puesto en el segundo horno, no hubieras sobrevivido mucho tiempo, porque tu dureza no habría sido la suficiente para que subsistieras.
¡ Ahora tú eres un producto terminado! ¡ Eres lo que imaginé cuando te comencé a formar!

Anónimo

viernes, 28 de noviembre de 2008

Os cuento un cuento?

Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.
Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación.
Era Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás, donde vivían los Niños Perdidos...
- Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar.
Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:
- Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!
Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe.
Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John.
Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno.
Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó.
Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz:
- ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo!
Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo.
El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan y de los demás niños.
Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa.
- ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños.
- ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos.
- ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós.
FIN