Un mundo de ILUSIONES

Este lugar es habitado por las niñas y los niños perdidos liderados por el héroe o quizás heroína, Peter Pan. La población de dicho país agrupa también a temibles piratas como el Capitán Garfio y salvajes indios. Otros tipos de seres como el hada, Campanilla y el Cocodrilo que se llevó la mano del Capitán Garfio habitan este lugar donde el tiempo no avanza y las aventuras predominan por cualquier rincón. De acuerdo con la leyenda, si alguien desea llegar a este lugar deberá de girar la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.

sábado, 9 de enero de 2010

La humildad


Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.
El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'.
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios

viernes, 8 de enero de 2010

El dar desinteresadamente trae su recompensa

DAR SIN RECIBIR
Un día un muchacho muy pobre, quien era vendedor de puerta a puerta para pagar sus estudios, se encontró con solo diez centavos en su bolsillo y tenía mucha hambre. Entonces decidió que en la próxima casa iba a pedir comida. No obstante, perdió su coraje cuando una linda y joven muchacha abrió la puerta.
En lugar de pedir comida pidió un vaso con agua. Ella pensó que el se veía hambriento y le trajo un gran vaso con leche. El se lo tomó lentamente y luego le preguntó, "Cuánto le debo?"
"No me debe nada," ella respondió. "Mi mamá nos enseñó a nunca aceptar pago por bondad." El dijo..."Entonces le agradezco de corazón." Cuando Howard Kelly se fue de esa casa, no solo se sintió más fuerte en sus fuerzas sino también en la humanidad. El ya estaba listo para rendirse y renunciar.
Años más tarde esa joven muchacha se enfermó gravemente. Los doctores locales estaban muy preocupados. Finalmente la enviaron a la gran ciudad donde llamaron a especialistas para que estudiaran su rara enfermedad. Uno de esos especialistas era el Dr. Howard Kelly.
Cuando él se dio cuenta del nombre del pueblo de donde ella venía, una extraña luz brilló en sus ojos.
Inmediatamente él se levanto y fue al cuarto donde ella estaba. Vestido en sus ropas de doctor fue a verla y la reconoció inmediatamente. Luego volvió a su oficina determinado a hacer lo posible para salvar su vida.
Desde ese día le dio atención especial al caso. Después de una larga lucha, la batalla fue ganada. El Dr. Kelly pidió a la oficina de cobros que le pasaran la cuenta final para darle su aprobación. La miró y luego escribió algo en la esquina y la cuenta fue enviada al cuarto de la muchacha. Ella sintió temor de abrirla porque estaba segura de que pasaría el resto de su vida tratando de pagar esa cuenta. Finalmente ella miró, y algo llamó su atención en la esquina de la factura. Ella leyó las siguientes palabras...."Pagado por completo con un vaso de leche."
(Anónimo)

jueves, 7 de enero de 2010

Vivir como las flores

Como las flores
Un joven le preguntó al Sabio, ¿qué debo hacer para no enojarme? Algunas personas hablan demasiado, otras son ignorantes. Algunas son indiferentes. Siento odio por aquellas que son mentirosas y sufro con aquellas que calumnian.
- ¡Pues vive como las flores! , advirtió el maestro.
- Y ¿Cómo vivir como las flores?, preguntó el discípulo.
- Pon atención a esas flores - continuó el sabio anciano, señalando unos lirios que crecían en el jardín.
Ellas nacen en el estiércol, sin embargo son puras y perfumadas. Extraen del abono maloliente todo aquello que le es útil y saludable, pero no permiten que lo agrio de la tierra manche la frescura de sus pétalos.
Es justo angustiarse con las propias culpas , pero no es sabio permitir que los vicios de los demás te incomoden. Los defectos de ellos son de ellos y no tuyos. Y si no son tuyos, no hay motivos para molestarse.

(Anónimo)

martes, 5 de enero de 2010

La fortuna

El oro del pescador
Cada noche, el pescador bajaba hasta la playa para tirar sus redes y recoger con ellas los peces que servirían de alimento para él y su familia, así como para cambiarlos en el mercado por todo aquello que necesitaba. El había aprendido que, al salir el sol, los peces dejan de buscar sus almejas en la costa y tratan de regresar mar adentro, y por eso siempre colocaba sus redes antes de que los primeros rayos del astro rey alumbraran la playa en la que pescaba, “su” playa, como él la llamaba, la que se extendía ante la pequeña casita en la que vivía con su esposa y sus cinco hijos.
Esa madrugada, como todas, el pescador bajó muy de noche cargando las pesadas redes en el hombro. Apenas había conseguido tender por completo la primera red cuando el hombre se descalzó y entró en el agua para tenerlo todo listo antes del amanecer. No había terminado de adentrarse lo suficiente como para soltar las boyas cuando su pie golpeó contra algo muy duro en el fondo. El pescador tanteó primero con la planta de sus pies y luego con una de sus manos lo que se había llevado por delante. No podía estar seguro, pero al tacto parecían ser piedras envueltas en una bolsa de tela rústica.
El dolorido protagonista pensó:
-¿Quién habrá sido el idiota que tira estas cosas en la playa? –y se corrigió de inmediato en voz alta-; En mi playa.
Pensando que él era muy metódico, algo rutinario y bastante distraído, se dio cuenta de que, si no hacía algo, cada vez que entrara al mar se las llevaría por delante…
Así que dejó de tender su red, se agachó, agarró la bolsa con su pesado contenido, la sacó l agua y la dejó en la orilla. Era una noche muy oscura y, quizá por esa razón, cuando volvió, tropezó otra vez con las piedras, que ahora estaban en la playa.
-El idiota soy yo- pensó-. Si no me deshago ahora mismo de esta basura, voy a terminar con los pies hechos una ruina…
Fiel a su decisión, sacó su cuchillo y rasgó la bolsa, dejando salir unas cuantas piedras negruzcas, del tamaño de pequeñas naranjas, pesadas y redondeadas. Actuando instintivamente pero sin dejar de pensar “en el idiota que embolsa piedras para tirarlas al agua”, tomó una, la sopesó en sus manos y la arrojó al mar. Unos segundos después sintió el sordo ruido de la piedra que se hundía a lo lejos. ¡Plus! Y después de ésta, otra más… Y luego dos a la vez. ¡Plus-plup!
Una a una, fue tirando todas las piedras tratando de mandarlas cada vez más lejos, poniendo en ello toda su fuerza y su concentración… Hasta que, cuando quedaba una sola piedra, el sol empezó a salir.
El pescador, enojado al darse cuenta de que no había podido extender sus redes y había perdido la pesca de ese día, se preparó para tirar esa última piedra más lejos que las demás, pensando esta vez en la madre del que había tirado la bolsa al mar…
Sin embargo, justo en el momento en que estiraba al máximo el brazo hacia atrás para darle fuerza al lanzamiento, el sol despuntó y empezó a alumbrar. Fue en ese momento cuando el protagonista vio, por primera vez, que la piedra tenía un extraño brillo dorado y metálico. Sorprendido, el pescador detuvo el movimiento y la miró con atención. La piedra reflejaba cada rayo del sol en la ranura de moho que la recubría. El hombre la frotó contra su ropa, como si fuera una manzana, y la piedra brilló todavía más. Asombrado por lo que veía, empezó a limpiarla con esmero, frotándola con arena y lustrándola contra su pantalón y su camisa. La piedra no era simplemente una piedra, era un enorme pedazo de oro macizo, del tamaño de una naranja.
Y entonces se dio cuenta de algo que lo hizo temblar. Aquella “piedra” era seguramente igual a las otras veinte o más que había lanzado al mar. El pescador pensó:
-¡Qué tonto he sido! He tenido entre mis manos una bolsa llena de piedras de oro y las he ido tirando una a una, fascinado por el sonido entupido que hacían al entrar al agua y enojado con mi benefactor.
El pescador siguió lamentándose de su mala suerte y quejándose en voz cada vez más alta, hasta que, impotente, comenzó a llorar el dolor de las piedras perdidas. Había tenido la posibilidad de ser infinitamente rico y la había desperdiciado. Se sentía un desgraciado, un pobre tipo, un idiota…
Y el sol acabó de salir. Y en aquel momento, se dio cuenta de que tenía aún en su mano la última piedra. Por suerte, todavía le quedaba una piedra. El sol podría haber tardado un segundo más o él podría haber tirado alguna piedra un segundo más rápido… Y nunca se hubiera enterado del tesoro que ahora tenía entre las manos.
Se dio cuenta de que una sola piedra de oro era, por supuesto, un enorme tesoro, una fortuna enorme e impensable para un pescador como él. Miró al cielo y recordó, quien sabe por qué, aquella frase de la madre Teresa de Calcuta: “Todo lo que hice en mi vida es solamente una gota en el océano, pero me consuela pensar que si yo no lo hubiera hecho, al océano le faltaría mi gota”.
El pescador sonrió. Ahora sabía que, sin lugar a dudas, era toda una suerte tener todavía el oro que sostenía entre sus manos; pero también terminó de darse cuenta de que él ya tenía un tesoro cuando despertó aquella madrugada, mucho antes de encontrar una piedra.
Cargó sus redes al hombro y volvió a su casa más temprano que de costumbre para encontrarse con su esposa y sus hijos, sintiendo que, desde hacía mucho tiempo era enormemente afortunado…

De El mito de la Diosa Fortuna (Jorge Bucay)

lunes, 4 de enero de 2010

Se feliz con lo que tienes.

Cato era un niño de ocho años que vivía con sus padres y su hermanita de 11 años. Después de venir del colegio, comer algo y descansar, jugaban un poco y hacían las tareas. Cato sin embargo interrumpía sus actividades para observar a través de su ventana a otro niño que se había mudado al vecindario con sus padres y que permanecía rodeado de juguetes costosísimos. Cato admiraba a su vecino en silencio porque creía que tenía todo para ser feliz. Tenía los mejores juguetes, casi siempre estaba sólo y por lo tanto no había nadie quien le dijera que apagara el televisor o el juego de video. Los dos niños en cierta ocasión se encontraron en el parque del conjunto familiar y comenzaron a jugar, en la medida en que compartían, CATO se dio cuenta que aquel niño disfrutaba mucho de su compañía, se reía y celebraba por todo. Cato le preguntó por los juguetes que había visto a través de la ventana y el niño respondió: “es lo único que tengo pero en realidad cambiaría todo eso por un hermanito que me sirviera de compañía o por la posibilidad de estar más tiempo con mis padre, porque ellos casi nunca están en casa y paso mucho tiempo y triste y sólo”.
Desde aquel día CATO comprendió que las apariencias engañan, no siempre lo que tú deseas de los otros es lo que le causa alegría. Es posible que ellos deseen tener lo que tú no valoras lo suficiente como es la compañía de tus seres queridos, tus padres, tus hermanos, tu abuelo. La felicidad no se consigue cuando se tiene cosas, hay muchas que tienen de todo y no son felices. (Anónimo)

domingo, 3 de enero de 2010

La felicidad la traemos con nosotros

Un poco antes de que la humanidad existiera, se reunieron varios duendes para hacer una travesura. Uno de ellos dijo:
- "Debemos quitarles algo pero, ¿qué les quitamos?".
Después de mucho pensar uno dijo:
- "¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar".
Propuso el primero:
- "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo", a lo que inmediatamente repuso otro:
- "No, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está".
Luego propuso otro:
- "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar", y otro contestó:
- "No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará". Uno más dijo:
- "Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra".
Y le dijeron:
- "No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien va a construir una nave en la que puedan viajar a otros planetas y la van a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad"
El último de ellos era un duende que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás. Analizó cada una de ellas y entonces dijo:
- "Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren". Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:
- "¿Dónde?".
El duende respondió:
- "La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán".
Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: El hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo.
(Anónimo)

sábado, 2 de enero de 2010

Lo importante es el contenido

Se cuenta que un grupo de ex alumnos con carreras profesionales ya avanzadas se reunieron para visitar a uno de sus antiguos profesores favoritos. Al rato, la conversación se convirtió en quejas acerca de las presiones que sentían en el trabajo y en la vida diaria. Luego de ofrecerles café a todos, el profesor fue a la cocina y volvió con una cafetera grande y un buen surtido de tazas. Traía tazas de porcelana, tazas de plástico, tazas de cristal —algunas ordinarias, otras costosas, e incluso otras muy finas—, en las que les invitó a sus alumnos a que se sirvieran el café.
Cuando todos terminaron de servirse, el profesor les dijo: « ¿Se dieron cuenta de que escogieron todas las tazas finas y costosas, y rechazaron las ordinarias y baratas? Tengan por seguro que la taza misma no le añade calidad alguna al café. En la mayoría de los casos, simplemente cuesta más, y en algunos casos la taza hasta oculta lo que bebemos. En realidad, lo que ustedes querían era el café y no la taza, y sin embargo cada uno seleccionó una de las mejores tazas y luego comenzó a mirar las tazas de los demás.
Pues bien, consideren esto: « La vida es el café, y las tazas son las profesiones, los puestos y el dinero. Esos no son más que los envases de la vida. La clase de envase que tengamos no define ni altera la calidad de vida que llevamos. Cuando nos concentramos únicamente en la taza, dejamos de disfrutar del café del que estamos provistos.»
(Anónimo)