Un mundo de ILUSIONES

Este lugar es habitado por las niñas y los niños perdidos liderados por el héroe o quizás heroína, Peter Pan. La población de dicho país agrupa también a temibles piratas como el Capitán Garfio y salvajes indios. Otros tipos de seres como el hada, Campanilla y el Cocodrilo que se llevó la mano del Capitán Garfio habitan este lugar donde el tiempo no avanza y las aventuras predominan por cualquier rincón. De acuerdo con la leyenda, si alguien desea llegar a este lugar deberá de girar la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Lo nuestro, lo que somos…

LA CUCLILLA QUE NO QUERÍA CANTAR CUCÚ
Los primeros rayos del día despertaron a Tallulah, la Cuclilla. Abrió los ojos, batió las alas e inspiró profundamente. Luego, como había hecho durante toda su vida, entonó su canción de buenos días.
"Cucú, Cucú", cantó alegremente desde su árbol. Después emprendió el vuelo para dedicarse a la tarea matinal de extraer un gusano del suelo para desayunar. Al hacerlo, percibió que una nueva ardilla se había mudado al barrio.
Tallulah observó cómo la ardilla enterraba una nuez en un agujero que había cavado bajo el árbol. De repente, al darse cuenta de que la estaban observando de cerca, la ardilla levantó la vista y cuando vio a Tallulah sintió la necesidad de dar una explicación.
"Estoy enterrando esta nuez para tener provisiones en invierno", dijo.
Tallulah replicó de la única manera que sabía.
"¡Cucú! ¡Cucú!".
La ardilla pareció molesta. "Todas las ardillas hacemos lo mismo", dijo a la defensiva "Me parece que eres demasiado criticona llamándome 'Cucú'". Y, con un irritado movimiento de la cola, trepó a un árbol a toda velocidad.
En inglés "Cucú" se escribe Cuckoo y quiere decir "lelo" o "lela".
Tallulah se sentó un momento, aturdida. Era la primera vez en su vida que alguien le decía que su pequeño canto era criticón. Al meditar sobre esto, Tallulah se dio cuenta de que, dijeran lo que dijeran, ella siempre contestaría. Y admitió que, sin duda, aquello sonaba como un insulto.
De repente, aquel canto, que siempre había sido del agradado de Tallulah, ya no le gustaba. A medida que fue transcurriendo el día, más se criticaba a sí misma y menos se gustaba; cuando llegó la noche, su autoestima estaba por los suelos. ¿Por qué desde que nació sólo era capaz de entonar un canto tan estúpido como "cucú"?, se preguntaba.
En ese mismo instante, tomó una decisión. Nunca más volvería a decir "cucú". Contempló su reflejo en la charca de agua y se dijo: "Mi canto de cucú no es bello en absoluto; si vuelvo a decir 'cucú' será porque me veo en la obligación de hacerlo".
A la mañana siguiente, al despertar, y por la fuerza de la costumbre, estuvo a punto de decir "cucú". Se lo tragó; luego se sentó un momento, bastante acongojada. No tenía nada que cantarle al sol matinal. Finalmente decidió volar para cazar su gusano del desayuno, pero como ahora toda su rutina había sido alterada, no digirió nada bien el gusano. Mientras eructaba, se dio cuenta de que no podía pasar el resto de su vida sin decir algo. Necesitaba algún tipo de canto de pájaro... puesto que ella era un pájaro. Entonces, de repente, tuvo una idea maravillosa. Oiría a los demás pájaros y si el canto de alguno de ellos era de su agrado, lo haría suyo. Este pensamiento la hizo inmensamente feliz y emprendió el vuelo para iniciar su investigación.
Primero encontró a un búho bebé en un bosque cercano. Al oír la historia de Tallulah, el búho bebé le dijo que realmente la comprendía. porque, al igual que Tallulah, él había tenido problemas a causa del canto con el que le había tocado nacer. Durante mucho tiempo se había resistido a decir "uuu", pero ahora el "uuu" le resultaba natural, porque tenía un significado especial para él.
Tallulah intentó decir "uuu", pero su garganta no era tan ancha como la del bebé búho, ni tampoco su pico. El sonido que emitió fue "Wu".
"Wu, wu", cantó. Este sonido no le gustaba demasiado, pues parecía bastante tonto. Pero aún le parecía mas tonto el hecho de que la pudieran llamar "pájaro wu wu" porque, en cierto modo, eso tenía menos dignidad que ser llamada un "pájaro cucú".
Después de este encuentro, Tallulah entrevistó a otros pájaros, incluido un cuervo, un arrendajo azul, un ruiseñor y muchos otros, hasta que al final se encontró con un chotacabras cuya voz estaba en su máximo esplendor ese día. Tallulah se sintió fascinada por el canto del chotacabras e intentó imitarlo varias veces. Sin embargo la forma de su pico era un inconveniente: la primera parte le salió bien, pero la segunda fue un desastre.
Después de hablar y cantar con otros pájaros durante varias semanas, se sentó en un arce, exhausta y deprimida. Sin embargo, seguía decidida a encontrar un canto hermoso que pudiera hacer propio, incluso aunque tuviera que volar por el mundo entero.
Este pensamiento la emocionó. Decidido: volaría por el mundo entero y encontraría exactamente el canto adecuado.
Su primera escala fue Londres. Ahí, Tallulah conoció a un ruiseñor y escuchó con gran respeto y asombro la belleza de su canto.
Al final de la interpretación del ruiseñor, Tallulah le dijo lo maravillosamente bien que cantaba. El ruiseñor le dio las gracias educadamente, y añadió que a la mayoría de las personas le gustaba el canto de un ruiseñor. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, se había escrito una canción sobre él llamada "El Ruiseñor Canta en Barclay Square".
Tallulah estaba muy impresionada. Nunca antes había conocido a un pájaro que tuviese títulos de crédito, de modo que intentó imitar el canto del ruiseñor, pero no le salía tan hermoso. El ruiseñor había estado practicando esta canción desde que nació, y Tallulah sabía que, aunque estuviera entrenándose hasta el momento de abandonar este planeta, nunca conseguiría hacer realmente suyo este canto.
De manera que se alejó volando para encontrar otros pájaros cuyas canciones fuesen más adecuadas para ella. En las Islas Canarias pió con los canarios. En África chilló con los loros. Y, de regreso a los Estados Unidos, cantó con las golondrinas.
Sin embargo, ninguno de los cantos de los otros pájaros encajaba realmente con ella. Ya consideraba la posibilidad de permanecer en silencio durante el resto de su vida cuando, un día, aterrizó en la rama de un olmo en California del Sur.
Empezó a hablar con un pájaro que había a su lado; se trataba de un pájaro carpintero de pecho rojo.
Le explicó al pájaro carpintero cuál era su situación y éste fue enormemente comprensivo. Cantó para Tallulah. Ella le dio las gracias y le dijo que aunque su canto era hermoso, no resultaba exactamente el más apropiado para ella.
El pájaro carpintero, que había viajado por todo el mundo, le habló a Tallulah acerca de un pájaro del que había oído en Australia. Se llamaba ave lira. Este pájaro podía imitar a todas las criaturas vivientes e incluso a los artefactos mecánicos. Tallulah no podía creer lo que acababa de oír.
Tallulah esperó al siguiente viento de cola pan volar hasta Australia en busca del ave lira, Tallulah explicó su difícil situación a una hermosa ave lira de tonos marrones que abría las plumas blancas de su cola en abanico para que se expandieran sobre él como una glorieta.
Tras escuchar la historia de Tallulah, el ave lira le ofreció una serie de imitaciones perfectas. Aulló como una hiena, gruñó como un lobo vengativo y luego, de una forma increíble, imitó el encendido del motor de un Fiat que había estado aparcado bajo el árbol en el que charlaban.
Tallulah estaba tan impresionada que no fue capaz de pronunciar una palabra.
Y, cuando el ave lira imitó el rugido de un avión que había pasado sobre sus cabezas, Tallulah cayó en la desesperación. Le dijo al ave lira que ella jamás podría alcanzar tanta perfección en sus cantos de pájaro.
El ave lira, conmovida por la desesperación de Tallulah, le confesó algo que nunca le había dicho a ningún otro pájaro:
Era muy desgraciada con su vida. Ni uno solo de sus cantos era propio: sólo se trataba de imitaciones. Ni siquiera tenía un "¡Cucú! ".
No sabia si lo natural en ella era el aullido de una hiena, el gruñido de un lobo, el motor de un Fiat o el rugido de un avión.
"No tengo identidad", dijo el ave lira. Le confesó que sería muy feliz con un sencillo "Cucú". Porque de esa manera, sabría, al menos qué pájaro era.
"Pero es que ese pájaro es tan criticón", dijo Tallulah.
El ave lira le respondió con sabiduría: "Si no tienes intención de criticar cuando dices 'Cucú', ¿puedes considerarlo, real una crítica? La crítica", prosiguió el ave lira, "está en los oídos de quien escucha, de manera que el problema es del que escucha, no tuyo".
Tallulah nunca lo había visto desde esa perspectiva, por lo que quedó muy pensativa. "Además", dijo el ave lira, "quizá a esa ardilla no le gustara tu canto, pero hay muchos otros a los que sí les gusta".
Tallulah pareció sorprendida. "¿De quiénes me éstas hablando?".
"Te lo enseñaré", replicó el ave lira. Dicho esto, inició el vuelo. Tallulah la siguió.
El ave lira aterrizó en el alféizar de la ventana de una casa cercana. Tallulah se posó junto a ella. "Mira dentro", ordenó el ave lira.
Tallulah obedeció. "No veo nada"
El ave lira señaló con un ala: "Ese reloj, en la pared del fondo".
"Ya he visto relojes en otras ocasiones", dijo Tallulah.
"Pero no como éste", replicó el ave lira.
En ese momento, el reloj dio las doce y, ante el más absoluto asombro de Tallulah, un cuclillo de madera salió de un salto de una ventanita en la parte superior del reloj, dijo "cucú" doce veces y luego volvió a entrar dando otro.
"Ese pájaro de madera está entonando mi canción!", exclamó Tallulah.
"¡Exacto!", dijo el ave lira, y añadió: "Eso significa que a los seres humanos les gusta tu canto".
"¿Cuántos relojes como ése crees que hay?", preguntó Tallulah.
"Bueno", contestó el ave lira, "a los seres humanos les gusta copiar las cosas, de modo que debe de haber miles de relojes como éste en el mundo".
"¿Eso quiere decir que hay miles de pájaros de madera que me imitan?", dijo Tallulah ahuecando las plumas orgullosa.
"Así es", replicó el ave lira. "He estado por ahí y nunca he visto un reloj en el que saliese un chotacabras, un ruiseñor o un ave lira de una Ventanita superior y cantase su canción".
Tallulah permaneció en silencio durante un largo rato, intentando asimilar esto. De repente, comprendió la verdad. Había volado por el mundo entero; había estado intentando ser otro pájaro, cuando en realidad siempre había sido hermosa tal cual era.
Entonces se dio cuenta de que el canto que le había sido dado era el más hermoso de todos los cantos de pájaro, por la sencilla razón de que era suyo.
ROBERT FISHER Y BETH KELLY

jueves, 10 de septiembre de 2009

Ser diferentes y a la vez uno mismo...

El Búho que no podía ulular
Mamá Búho descansaba sobre la rama de un árbol en el bosque. Junto a ella, se encontraba Bebé Búho. Era su primer hijo; hacía cuatro semanas que había salido del cascarón, y ahora ella lo contemplaba con orgullo.
Papá Búho estaba sentado sobre una rama cercana y miraba a su hijo con el mismo orgullo. Era un gran momento en las vidas de los tres búhos, porque Mamá Búho y Papá Búho se disponían a enseñar a su hijo a ulular.
Mamá Búho se aclaró la garganta para atraer la atención de su pequeño hijo y dijo: «Who» . Bebé Búho se dio un buen susto pero no contestó nada. Mamá Búho volvió a aclarar su garganta y repitió, «Who». Bebé Búho la miró con ojos interrogadores.
Papá Búho sacudió las alas impaciente y dijo:«Repite con tu madre, hijo, di ‘Who’».Bebé Búho miró desconcertado a su padre, primero, y a su madre, después. Mamá Búho y Papá Búho dijeron juntos: «Who».
Bebé Búho abrió la boca e inspiró profundamente, mientras Mamá y Papá escuchaban expectantes. Bebé Búho dijo: «Why?». Mamá Búho y Papá Búho miraron desconcertados a Bebé Búho y repitieron: «qué?». Bebé Búho asintió: «Sí, ¿por qué?».
Mamá Búho replicó: «Porque eso es lo que dice un búho... Who».
Bebé Búho dijo: «¿Por qué?».
Papá Búho, un tanto pasmado por esta conversación, farfulló: «Porque... eh... eso es lo que han venido diciendo los búhos desde hace cientos de años».Bebé Búho dijo: « ¿Por qué?».
Papá Búho se volvió hacia Mamá Búho y dijo bruscamente: «¿Cómo has podido darme un hijo así?».«¿De qué te quejas? Yo estuve empollando ese huevo durante tres semanas», respondió Mamá Búho impaciente. Se volvió hacia Bebé Búho: «A ver, quiero oírte decir who».
Bebé Búho miró primero a Mamá Búho y luego a un ceñudo Papá Búho, y decidió intentarlo una vez más. Inspiró profundamente, frunció el pico de diferentes maneras y se esforzó por emitir el sonido «who», pero no le salía. Todo lo que era capaz de decir se limitaba a «why».
Papá Búho se estaba poniendo cada vez más nervioso. «Mira, niño, no puedes ir volando por este bosque y diciendo “por qué».
Bebé Búho dijo: « ¿Por qué?».
Mamá Búho parpadeó: Porque tienes que decir «who». «Who» es quien tú eres.Todo lo que Bebé Búho fue capaz de pronunciar fue «¿Por qué?». Papá Búho contestó bruscamente: «Porque soy tu padre y yo digo «who» y tú vas a decir «who» ahora mismo.
Bebé Búho contempló el amenazador bulto de plumas que era su padre, inspiró profundamente y se esforzó una vez más por emitir el sonido, pero todo lo que salió fue: «Why?». Mamá Búho y Papá Búho se miraron horrorizados.
Una vez a la semana, los búhos celebraban un encuentro. Esa noche, todos los búhos se habían reunido para decir cosas sabias. El miembro más anciano del grupo encrespó sus plumas, inspiró profundamente y dijo la primera cosa sabia de la noche: «Arriba esta alto, abajo está bajo; por tanto, el medio está entre los dos»
Todos los demás búhos susurraron, murmuraron e hicieron exclamaciones de asombro ante la profundidad de esta sabiduría. Luego batieron las alas en un aplauso.
El búho veterano inclinó la cabeza con humildad. Entonces, todos los búhos, uno a uno, fueron diciendo algo sabio.
«Más vale búho en mano que dos en un arbusto», «Búho que está bien, acaba bien». Y así sucesivamente.
Cuando acabó la reunión, algunas de las señoras búho, vestidas con sus mejores plumas, volaron hacia Mamá Búho. Una de las damas dijo:«Felicidades por tu recién nacido, Mamá Búho». Otra señora preguntó, ¿Cómo es?
Mamá Búho vaciló. «Bueno, es... diferente». Otra señora búho se unió a ellas y dijo, «Tenía la esperanza de que lo traerías a la reunión».
«No... eh... todavía no está preparado», replicó Mamá Búho nerviosa.«¿Por qué?», dijo una de las señoras búho. Mamá Búho casi se despluma. «Por favor, no pronuncie esa palabra» dijo, y se alejó volando mientras las demás señoras búho la miraban perplejas.
Las dos semanas siguientes fueron muy duras para Mamá Búho y Papá Búho. Se pasaron todas las noches diciendo «Who» para Bebé Búho. Pero, por mucho que el pobre Bebé Búho lo intentara, todos sus «who» acababan siendo un «why».
Transcurridas estas dos semanas, Mamá Búho y Papá Búho estaban tan roncos que a ellos mismos les costaba decir «who».
Mamá Búho miró a Bebé Búho con cansancio. «La ceremonia mensual de bienvenida a todos los nuevos bebés búho tendrá lugar esta noche y tú sólo eres capaz de decir «why». Papá Búho asintió: «Tienes que decir «who, como todos nosotros».«Why?», preguntó Bebé Búho.
Esa noche, con gran turbación, Mamá Búho y Papá Búho llevaron a Bebé Búho a la reunión de la comunidad. Se sentaron sobre una rama con los demás pájaros y escucharon las palabras del líder, el Viejo Búho Sabio. «Y ahora es el momento de daros la bienvenida en la comunidad a todos vosotros, pequeñines. Todos tenéis edad suficiente ya para hablar como búhos, de modo que vamos a oíros».Todos los búhos bebés inspiraron profundamente, batieron las alas y, ante la orgullosa mirada de sus padres, dijeron: «Who». Todos excepto Bebé Búho, que pronunció: «Why?».
El búho veterano no se creía lo que acababa de oír. Mamá y Papá Búho agacharon la cabeza, avergonzados.
El búho veterano miró detenidamente a todos los pequeños. «Bueno, todos sabemos que un búho tiene que decir ‘who’. ¿Quién está diciendo ‘why’?».
Bebé Búho levantó el ala. El búho veterano voló a su lado. Se volvió hacia Mamá Búho y Papá Búho, y les preguntó ¿Por qué está diciendo «why?».«Por favor, perdónele, oh, sabio. Es muy joven y le está costando trabajo decir «who», dijo Mamá Búho temblorosa. El Búho Sabio miró sorprendido a Bebé Búho. «¿Como puede ser que te cueste decir ‘who’, cuando eso es quien tú eres».
Bebé Búho repitió: «Why?».
El Viejo Búho Sabio miró a Bebé Búho, cada vez más irritado. Se volvió hacia Mamá Búho y Papá Búho: «Siento mucho tener que darles esta mala noticia, pero no podemos admitir en el grupo a un búho que diga ‘why’ porque todos los búhos han de decir ‘who’».
Mamá Búho y Papá Búho parpadearon, mirándose desesperados. Sabían lo que el sabio diría a continuación: «Me temo que tendrá que abandonar el bosque».« ¿No podría darle más tiempo?», dijo Mamá Búho con gran aflicción. «¿Un mes más?», dijo Papá Búho.
El búho veterano negó con la cabeza: «Me temo que no. Cuando yo digo algo sabio, me pone muy nervioso oír a alguien que pregunta ‘why?’». Dicho esto, se alejó volando; dejaba a una Mamá Búho, un Papá Búho y un Bebé Búho destrozados. Mamá Búho dijo: «Por favor, hijo, sé que permitiría que te quedaras si fueras capaz de decir who».
Papá Búho se unió a ella: «Vamos, hijo... dilo. No queremos perderte».
Bebé Búho estaba muy triste. Inspiró profundamente y se esforzó por conseguir un «who», pero sólo consiguió un «why?».
A Bebé Búho no le quedaba otra alternativa. Tenía que abandonar a Mamá, a Papá, a los otros búhos y el bosque que tanto amaba para salir a ese extraño y aterrador lugar llamado... el mundo.
Las lágrimas brotaron de los enormes ojos de los tres búhos mientras se despedían. El Bebé Búho echó a andar por un sendero que conducía a quién sabe qué lugar.Miró atrás y vio que Mamá y Papá Búho le decían adiós con tristeza desde los líndes del bosque. Una sensación de soledad se apoderó de su pequeño corazón emplumado.Extendió las alas y se elevó al cielo para iniciar una nueva vida. Aunque Bebé Búho no sabía decir «who», era muy búho en sus otras costumbres. Dormía durante el día y volaba de noche.Su viaje lo llevó hasta una granja. Aterrizó sobre la cerca de un corral. Estaba hambriento, por lo que pensó que quizás podría comerse un lindo pollito como tentempié. Lo sobresaltó la voz de alguien que estaba detrás de él. «Yo no in tentaría atrapar un pollo para cenar aquí». Se volvió y vio a un precioso y joven pato. El pato llevaba una pequeña maleta bajo un ala. «El granjero tiene mucha puntería con la escopeta», añadió.«Muchas gracias», dijo Bebé Búho. «Me has salvado la vida».
El joven pato suspiró: «Bueno, me alegro de que por fin alguien me aprecie».
Bebé Búho señaló la maleta del pato. «¿Te vas de viaje?».«Sí», replicó el joven pato con tristeza: «Me voy para siempre».«Why?», dijo Bebé Búho.«¿No deberías decir «who?», dijo el pato.
Bebé Búho asintió. «No sé decir...». Se esforzó desesperadamente por conseguir la palabra, pero no lo logró. «Por mucho que lo intento, siempre me sale ‘why’. No te imaginas el problema tan grande que eso me ha supuesto».
El pato contempló a Bebé Búho con interés.«Tenemos algo en común. Yo no soy capaz de pronunciar lo que se supone que un pato ha de decir».«¿No sabes decir ‘cuac’?», dijo Bebé Búho cada vez más sorprendido.
El pato asintió: «Así es. Por mucho que me esfuerzo, no me sale». Inspiró profundamente y, con un gran esfuerzo, dijo: «cuic».Bebé Búho estaba muy emocionado. «Qué casualidad que nos hayamos conocido. Ninguno d
e los dos es capaz de decir lo que se supone que debe decir».
El pato meneó la cabeza, contrariado: «Es una lata, ¿verdad?».
Bebé Búho asintió. «Los demás búhos me echaron».
Esta vez fue el pato el que empezó a emocionarse: «Eres como un hermano. A mí también me echaron. Nadie más en la comunidad quería a un pato que decía «cuic» en lugar de...». Se esforzó por decir la palabra, pero no lo consiguió.
Bebé Búho acabó la frase por él: «Cuac».
El pato asintió, feliz de encontrar a alguien que había pasado por una experiencia similar a la suya.«Ayer, todos los patos me expulsaron».«Supongo que somos aves de una sola pluma», dijo Bebé Búho. Se rió con ganas de su propio chiste.
El pato lo miró fijamente: «Te lo advierto: no soporto esos chistes de mal gusto».
Bebé Búho sonrió: «Lo siento. Es que no he podido evitarlo... Bueno, si no puedes vivir aquí, ¿a dónde irás?».«A la ciudad. Te voy a confesar algo que no le dicho nunca a nadie. Quiero ser médico», replicó el pato.
Los ojos de Bebé Búho se hicieron más grandes: «Entonces, es mejor que no puedas decir cuac». Soltó una risita.
El pato lo miró fijamente. «Ya te lo he advertido: no me gustan esos chistes de mal gusto».
Bebé Búho no deseaba perder al único amigo que tenía, de modo que se disculpó rápidamente:«Lo siento, esta vez tampoco he podido contenerme, pero te prometo que no volverá a pasar en el futuro».
« ¿Crees que tenemos futuro?», inquirió el pato.«Perdona que lo repita, pero somos aves de una sola pluma. Y ahora que nos hemos encontrado, seria una pena que nos separásemos», replicó Bebé Búho.
El pato asintió. Señaló su maleta: «Me marcho a la ciudad, Bebé Búho». Dicho esto, echó a andar por la carretera.
Bebé Búho corrió trás él. «No sé qué hacer con mi vida... ¿No podría ser también yo médico?».De modo que partieron juntos, ala con ala. El pato le dijo a Bebé Búho que había oído al hijo del granjero contar emocionado a sus padres cuánto le gustaba estudiar medicina en la Universidad. Bebé Búho dijo que él nunca había estudiado nada, así que podría ser una buena experiencia.
Aunque tanto Bebé Búho como el pato tenían en mente la misma carrera, se encontraron con el problema de que ninguno de los dos sabía cómo llegar hasta la Universidad. Pronto se cansaron de andar.El pato quería ir a la ciudad nadando por el río, mientras que el búho bebé quería volar, pero únicamente por la noche. De modo que se pusieron de acuerdo: el pato nadaría durante el día y el búho bebé lo alcanzaría por la noche. Así llegaron hasta la Universidad.
«Ahora que ya estamos aquí, ¿qué hacemos?», preguntó Bebé Búho.«El hijo del granjero dijo que lo primero que hay que hacer es inscribirse», replicó el pato.
De modo que subieron por la escalinata del edificio de la administración y entraron.En el vestíbulo vieron a una mujer de aspecto severo sentada detrás de un mostrador en el que se leía el rótulo INSCRIPCIONES. Se acercaron al mostrador y bebé búho le dijo que el pato y él querían ser médicos.
La mujer se sobresaltó: « Médicos!».«Sí». replicó Bebé Búho y, señalando al pato, añadió: «Y, por favor, no le pida que pronuncie cuac porque no sabe decirlo».
La mujer parecía desconcertada.«Debo decir que nunca hemos tenido un búho y un pato como alumnos en la Facultad de Medicina.
«¿Significa eso que no nos aceptará?», preguntó Bebé Búho.
La mujer reflexionó durante un momento y luego dijo: «Que yo recuerde, no hay ninguna regla en la Universidad que diga que un búho y un pato no pueden ser médicos. No obstante, antes de matricularos he de comprobar vuestros certificados».
«¿Eso qué es?», preguntó el pato.
«Es un papel en el que pone en qué escuelas habéis estudiado», replicó la mujer.
«¿Tenemos que ir a otras escuelas antes de venir a ésta?», preguntó Bebé Búho.La mujer asintió.
«Sí. Tenéis que ir a preescolar: luego a la escuela primaria, y después a la escuela secundaria».
Bebé Búho dijo: «Why?».
«Porque eso es lo que hace todo el mundo», contestó la mujer.
Una vez más, Bebé Búho preguntó: «¿Why?».
La mujer se estaba empezando a exasperar. «Porque esas son las reglas».
Bebé Búho Insistió: «¿Why?».
La mujer se estaba poniendo cada vez más nerviosa.«Porque todos tenemos que vivir según ciertas reglas».«¿Pero no sería más divertido que viviéramos sin normas?».
La mujer estaba un tanto desconcertada. «¿Divertido? ¡Nadie hace las cosas porque sean divertidas!».
El pato tapó rápidamente la boca de Bebé Búho con su ala antes de que éste volviera preguntar por qué. «Si fuésemos primero a todas esas escuelas, ¿cuánto tiempo tardaríamos en convertirnos en médicos?
»La mujer pensó un momento. «¡Oh!, Unos... treinta y dos años».
Bebé Búho y el pato se quedaron pasmados. «No puedo ser médico. No creo que un pato viva tantos años», dijo tristemente.
Bebé Búho y el pato descendieron bastante perplejos por la escalinata de la Universidad, pensando qué podían hacer con sus vidas tras este cambio de planes.
Ninguno de los dos había estado antes en la gran ciudad, de modo que decidieron ir a verla. Quizá ahí podrían encontrar alguna pista que les indicara por dónde seguir.
Quedaron boquiabiertos cuando se hallaron ante los innumerables rascacielos y los ruidosos automóviles, cuyas bocinas no paraban de sonar. Se detuvieron para observar a las multitudes que marchaban calle arriba y calle abajo apresuradamente.«Me gustaría saber a dónde van todas estas personas», exclamó Bebé Búho.«Vamos a preguntárselo», dijo el pato.
Bebé Búho asintió, expresando su conformidad. Detuvo a una mujer que pasó cerca de él. «Perdone, señora, ¿a dónde va?».«A trabajar», replicó la mujer.«Why?»La mujer se quedó un tanto perpleja ante la pregunta. «¿Que por qué?... Para ganar dinero, por eso».«Why?», volvió a preguntar Bebé Búho.«Para ganar suficiente dinero y así dejar de trabajar», replicó la mujer con impaciencia.
La mujer se alejó con prisas. «Esto no tiene mucho sentido», dijo Bebé Búho.
El pato estuvo de acuerdo: «Tampoco tiene sentido ir a la escuela durante treinta y dos años para convertirse en médico».
Bebé Búho se quedó pensativo: «Bueno, tenemos que hacer algo para convertirnos en alguien... quizás, si habláramos con algunas de estas personas, ellas podrían estar haciendo algo que a nosotros nos podría gustar hacer».
El pato estuvo de acuerdo, de modo que pararon a un hombre que no parecía tener tanta prisa como los demás.«Perdone, señor, ¿a qué dedica su tiempo?», preguntó Bebé Búho.«A evitar a mi mujer», replicó el hombre.
El hombre continuó su camino. «No creo que podamos hacer una carrera de eso», dijo el pato.Se volvió para dirigirse a una mujer atractiva y bien vestida que venía hacia ellos: «Perdone, señora, ¿qué clase de trabajo hace usted?».«Soy secretaria», replicó la mujer.« ¿Y eso resulta divertido?», preguntó Bebé Búho.«Sólo cuando estoy de vacaciones», contestó la mujer. Y se marchó con mucha prisa.
«Bueno», dijo el pato, «por fin hemos averiguado una cosa: las vacaciones son más divertidas que el trabajo».
El pato movió la cabeza de lado a lado: «Me temo que uno ha de trabajar para poder irse de vacaciones».«¿Why?», dijo Bebé Búho.«Según la primera mujer, tenemos que ganar dinero».«Pero si ganar dinero no es divertido, ¿por qué hemos de hacerlo?», volvió a preguntar Bebé Búho.
El pato movió la cabeza, confundido, y contestó: «Pues no lo sé muy bien».
Pararon a otra mujer que bajaba por la calle.«Perdone, señora, ¿usted trabaja?», preguntó Bebé Búho.«Constantemente. Soy madre», respondió la mujer.«¿Y se divierte?», preguntó el pato.«Ahora no, pero ya verás cuando mis hijos hayan crecido», contestó la mujer.
Bebé Búho y el pato miraron a la mujer con extrañeza; no entendían nada. Se dirigieron a un parque cercano, se sentaron y repasaron lo que habían aprendido hasta el momento. El pato, que era muy organizado, extrajo un pequeño cuaderno de su maleta, se puso las gafas y empezó a tomar nota.
Bebé Búho dijo: «Todo es muy confuso. Nadie parece divertirse trabajando a menos que estén de vacaciones».El pato escribía rápidamente, asentía y volvía a escribir en su cuaderno. «Y las madres no se divierten hasta que sus hijos han crecido».«Apuesto a que los médicos no se divierten mucho. Cuando por fin empiezan a trabajar ya se les ha pasado media vida», añadió Bebé Búho.
Levantaron la mirada al ver que una mujer con un carrito lleno de todo tipo de trastos se sentaba junto a ellos. Parecía una persona diferente a las que habían visto hasta el momento, así que pensaron que quizá ella les daría unas respuestas distintas.«Perdone, señora, ¿qué tipo de trabajo hace usted? », preguntó Bebé Búho.
La mujer extrajo una manzana de su carrito, la mordió, masticó un rato y luego dijo: «Soy mendiga».El pato pareció intrigado. «¿Hace falta ir a la escuela para ser mendiga o cualquier persona puede hacerlo?».
La mendiga los miró fríamente: « ¿Vosotros qué sois? ¿Unos listillos?».«No, yo soy un búho bebé», dijo Bebé Búho.«Y yo soy un pato», dijo el pato.«Eso es evidente... incluso para una vieja como yo». Se ablandó un poco: «No era mi intención ser desagradable, es que estoy disgustada.., me han retirado la asistencia social».«¿Que es la asistencia social?», preguntó Bebé Búho.«Es un dinero que te dan por no trabajar», replicó la mendiga.
El pato y Bebé Búho parecían estar aún más confundidos. El pato se volvió hacia la mujer de las bolsas y le preguntó: «¿Le pagan a uno por no trabajar?». La mujer asintió.«Quizá ésa debería ser nuestra carrera», dijo Bebé Búho.«No os lo recomiendo», dijo la mendiga. El Gobierno os puede quitar la asistencia social en cualquier momento».«¿Por qué se la quitaron a usted?», preguntó el pato.
La mendiga encendió un cigarrillo y dijo:«Porque mentí acerca del número de hijos que tengo».«¿Cuantos hijos tiene?», preguntó Bebé Búho.«Ninguno», replicó la mendiga. Se puso de pie y se alejó.
El pato realizó más anotaciones en su cuaderno: «Es un mundo extraño. Consigues dinero por trabajar pero también consigues dinero por no trabajar».El pato cerró su cuaderno bruscamente y se lo puso debajo del ala. «Quizás lo divertido sea gastar el dinero. Busquemos algo que hacer que nos dé mucho dinero para gastar».
El rostro de Bebé Búho se iluminó. «Eso me parece una idea brillante».El pato ahuecó sus plumas: «Es una idea brillante... porque yo soy un pato brillante».Una adolescente muy mona apareció por el camino, paseando a su perro. El pato la detuvo:«Perdona, jovencita, ¿quién dirías tú que gana más dinero?».«Las estrellas de cine», replicó la adolescente sin pensárselo dos veces, y siguió su camino.«¿Adónde hay que ir para ser una estrella de cine?», gritó Bebé Búho para que lo oyera.
La chica miró por encima de su hombro hacia atrás y contestó, también a voz en grito: «Hollywood!».Y así fue como el búho bebé y el pato acabaron entrando en la recepción de un importante estudio de Hollywood. Ambos estaban decididos a convertirse en estrellas de cine. El vigilante que había detrás del mostrador levantó la vista y les preguntó: «¿En qué puedo ayudarles?».«Queremos ser estrellas de cine», contestó el pato.
El vigilante rió entre dientes. «Estáis bromeando».
Bebé Búho movió la cabeza muy serio: «No, no es una broma, al parecer, se gana mucho más dinero con esto que siendo mendigo».
El vigilante rió. «Desde luego, no os falta sentido del humor. Os diré lo que tenéis que hacer, chicos: tenéis que encontrar un representante».«¿Qué es un representante?», preguntó el pato. «Un representante es una persona que te consigue trabajo en las películas», aclaró el vigilante.«¿Cómo conseguimos un representante?», preguntó Bebé Búho.«Primero hay que conseguir un trabajo en el cine. Cuando el agente os vea trabajando, estará dispuesto, a su vez, a trabajar para vosotros».
Bebé Búho y el pato parecían desconcertados:«¿Tenemos que conseguir un trabajo para conseguir que una persona nos consiga un trabajo?».
El oficial se encogió de hombros: «Así es el negocio».Bebé Búho se volvió hacia el pato y le dijo. «Creo que estamos siguiendo la carrera equivocada».
Durante las semanas siguientes. Bebé Búho y el pato conversaron con todos aquellos que estuvieron dispuestos a hablar con ellos. Preguntaron a la gente acerca de cómo vivían, pero cuantas más respuestas recibían, más confundidos se quedaban. Llegaron a la conclusión de que la gente trabajaba muchísimo.., que casi nadie se divertía, excepto los días en que no trabajaban. Y todos estaban trabajando para poder tener coches, casas y piscinas en California. Al búho bebé y al pato les pareció que debía de ser agradable disfrutar de esas cosas.
Entonces descubrieron que no todas las personas las tenían. Los bancos eran los dueños de las casas y las piscinas mientras que las compañías financieras eran dueñas de los coches. Y la mayoría de las personas estaban constantemente preocupadas por no tener dinero suficiente para realizar los pagos y perder todas esas cosas que no poseían.
Además, cuando el pato y el bebé búho preguntaban a las personas acerca del propósito de este peculiar estilo de vida, éstas se disgustaban mucho y querían saber por qué un búho estúpido y un pato tonto se creían con derecho a interrogarlas.
Un día, exhaustos tras las largas encuestas, el búho bebé y el pato se sentaron en un banco del parque.
El pato masticaba las palomitas de maíz que sacaba de una bolsa y el búho bebé comía una salchicha que tenía pinchada en un palo. El pato, con las gafas puestas, hizo unas últimas anotaciones en su cuaderno. Levantó la vista. «En cuatro días, me han llamado pato tonto ciento cincuenta y tres veces».«A mí, la gente me dice que deje de hacer esas preguntas estúpidas y que me limite a ser un búho como todos los demás».«Veo que te estás acostumbrando a las salchichas», dijo el pato.
Bebé Búho asintió. «Preferiría comerme un buen ratón, pero la salchicha es lo más parecido que he encontrado. Reconozcámoslo: un ratón también es comida basura».El pato volvió a examinar sus notas: «Hasta el momento, hemos hablado con novecientas cuarenta y siete personas. Todas trabajan para conseguir dinero y ninguna se divierte».«Excepto cuando lo gastan», añadió Bebé Búho.«Así es», dijo el pato.«Cada vez que les preguntaba por qué no cambiaban de trabajo», continuó Bebé Búho, «las personas me contestaban que siempre habían estado haciendo eso o que no sabían hacer otra cosa».
El pato volvió a mirar sus anotaciones: «Doscientas veintitrés personas dijeron que trabajaban con ordenadores. Todavía no sé muy bien qué es un ordenador».«Imagino que debe tratarse de una máquina que piensa para que las personas no tengan que hacerlo», dijo el búho bebé.
El pato se quedó pensativo: «Estos ordenadores parecen casi humanos. Me pregunto si acabarán teniendo automóviles, casas y piscinas».
Después, volvió a leer su cuaderno: «Setecientas treinta personas dijeron que les daba miedo de cambiar porque se sentían seguras haciendo lo de siempre... incluso aunque no les gustaba».«Supongo que si todas estas personas fuesen patos graznarían en lugar de dejar que las echaran del corral», gruñó Bebé Búho.
El pato asintió. «Y si fuesen búhos, hubiesen dicho ‘who’, incluso aunque hubieran querido decir ‘why’».«Debo admitir que sin los demás búhos a menudo me siento solo», confesó Bebé Búho. Luego añadió apresuradamente: «No me malinterpretes: no estoy diciendo que tú no seas un buen amigo».«Lo comprendo», replicó el pato. «Yo también me siento solo sin los otros patos de mi corral.»Bebé Búho suspiró: «A veces siento deseos de dejar de decir «why» y de aprender, de alguna manera, a decir... (se ahoga cuando intenta pronunciar la palabra «who») para regresar y vivir en paz con los demás búhos».
Ahora le tocó suspirar al pato. «Durante la última semana he estado intentando pronunciar «cuic». Cuando lo dijo, le salió casi como un «cuac.» Pero nunca había pronunciado un «cuic» tan cercano a un «cuac».«Lo has dicho... ¡casi lo has dicho!», dijo Bebé Búho emocionado.«Me ha costado mucho trabajo; cada vez que lo intento estoy a punto de ahogarme», replicó el pato.
Bebé Búho comentó, un poco deprimido:«¿Te das cuenta de lo que estamos diciendo?»«Sí», contesto el pato, «que deberíamos volver a ser como todo el mundo».
Entonces, repentinamente, se oyó la voz de un hombre, que parecía venir de todas partes... y de ninguna. La voz les dijo: «¡No lo hagáis!». Miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie. Era escalofriante. El pato habló tímidamente:«Tú, el que no podemos ver, ¿sigues ahí?».
Entonces volvieron a oír la voz, que les decía:«Por supuesto que estoy aquí. Venid al Museo de Arte de la Historia Americana esta noche y hablaremos».
El pato y Bebé Búho se miraron maravillados. ¿Se habían imaginado esa voz? No, ambos la habían oído. El pato fue quien primero se recuperó: «¿Crees que deberíamos ir esta noche?».«Esa voz parecía ser capaz de responder a muchas de las cosas que no comprendemos»,replicó Bebé Búho, y añadió: «A voz regalada, no le mires el dentado».
El pato estuvo de acuerdo, de modo que, esa noche, fueron al museo de arte y, cuando el guardián se dispuso a cerrar todo con llave, se escondieron detrás de unas cortinas. Al poco rato, se apagaron las luces. Bebé Búho y el pato salieron de detrás de las cortinas y miraron tímidamente a su alrededor. Todo estaba tan oscuro que se pusieron muy nerviosos.«En este preciso momento no me muero de ganas por encontrarme con una voz en la oscuridad», susurró el pato.
«A mí también me da un poco de miedo”, dijo Bebé Búho, «pero no te preocupes. Puedo ver muy bien en la oscuridad, de manera que, si echo a correr, tú haz lo mismo».
El pato iba recuperando lentamente su valor. «Ya que estamos aquí, echemos un vistazo». El Bebé Búho asintió. Se detuvieron ante los retratos de Thomas Jefferson, Thomas Paine, Benjamin Franklin y Andrew Jackson. El tiempo transcurría, pero no oían la voz. Se preguntaron si no se habrían equivocado de museo. De repente, Bebé Búho se quedó paralizado.
El pato susurró, aprensivo: «¿Ha llegado la hora de echar a correr?». Miró en la misma dirección que Bebé Búho para ver a qué se debía el repentino pánico de su amigo. Ambos observaron incrédulos cómo los cuerpos de Jefferson, Paine, Franklin y Jackson abandonaban las pinturas. Avanzaron, cual fantasmas, hasta rodear al pato y a Bebé Búho, que seguían paralizados.
«No temáis», dijo Jefferson amablemente. «Estamos aquí para ayudaros, no para haceros daño».
El pato y Bebé Búho les pareció que ésa era una buena noticia. «¿Fue alguno de ustedes quien nos habló hoy en el parque?» preguntó el pato, tembloroso.
«Sí. Fui yo», sonrió Thomas Jefferson. «Os hemos pedido que vengáis aquí para daros las gracias».
Bebé Búho y el pato se sorprendieron. «¡Pero si no hemos hecho nada especial!», exclamó el pato, y añadió: «¿Por qué queréis darnos las gracias?».«Por atreveros a ser diferentes», replicó Paine. Franklin aclaró: «Cuando redactarnos la Declaración de Independencia, nosotros también nos atrevimos a ser diferentes».
Paine asintió. «Declaramos que todos los hombres son libres e iguales; nadie lo había hecho nunca hasta entonces».
Jefferson se unió a ellos. «Y escribimos la Constitución para que el país creciese con ella y para que ayudase a las personas a cambiar y a realizarse en esta tierra maravillosa».«Por desgracia, en la práctica esta idea se confundió, en su mayor parte, con conseguir el éxito», puntualizó Jackson.
«Sí», dijo Paine. «El éxito pasó a ser la principal motivación.., que es ganar dinero».
Jefferson movió la cabeza con tristeza. «De modo que esta nación se ha convertido en un país de personas que no piensan en otra cosa más que en cuánto dinero pueden ganar».«Y además hemos observado que no parecen divertirse mucho haciéndolo», añadió Bebé Búho.
«Es cierto», dijo Jackson. «Cuando perdieron el sentido de cómo realizarse, perdieron también el sentido del humor con el cual nacieron».
«¿Cómo puedo realizarme?», preguntó Bebé Búho.
«Aprendiendo a amarte a ti mismo», sonrió Franklin. «Y en la medida en que te ames a ti mismo, podrás amar a tus vecinos, a tus amigos y a todas las demás personas que hay en esta gran nación».
Bebé Búho se volvió hacia el pato: «Quizá sea ésta la carrera que tantas ganas tenemos de hacer».
«El amor es una carrera muy buena», dijo Paine. «Cuando una persona está llena de amor, no hay lugar para el miedo».
«No lo comprendo», dijo el pato.
Jefferson sonrió. «Imagina que eres una botella de leche. Cuando has llenado tu botella con amor, no hay lugar para nada más. Pero si esta botella no está llena de amor, empieza a llenarse de odio y de miedo».«Y actualmente hay más temor que diversión en el modo de vida de la gente», dijo Paine.
Jefferson, que había permanecido un rato en silencio, habló. «No hay suficientes personas cambiando y creciendo. Están atascados en sus moldes y sólo unas pocas, como tú, Bebé Búho, y tú, patito, os habéis atrevido a romper el molde y ser diferentes».
Franklin les sonrió alegremente. Al búho, le dijo: «Te arriesgaste a no ser un búho». Se volvió hacia el pato: «Y tú te arriesgaste a no ser un pato».«Ésa es la libertad que deseábamos que el hombre encontrase», sentenció Jackson.
«Quizá sí hicimos algo especial», le dijo Bebé Búho al pato.
Benjamin Franklin los abrazó: «Puedes estar seguro de eso, Bebé Búho. Os habéis arriesgado a ser quienes no sois, de manera que ahora podéis ser también quienes en realidad sois... un búho y un pato. Eso os hace completamente libres».
Por primera vez, Bebé Búho sintió que una descarga de energía atravesaba su pequeño cuerpo. Inspiró profundamente, erizó las plumas, y dijo:«Libre... es lo que soy».

Who, en inglés, significa «quien» y se pronuncia «Ju».Why, en inglés, significa “¿por qué? Y se pronuncia “Uai”Quack, en inglés, significa “matasanos” y se pronuncia “cuac”


Robert Fisher & Beth Kelly

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Todos podemos sonreír, pero a unos les cuesta más

El coleccionista de sonrisas
El 26 de agosto de 1990, en la segunda página del ‘The New York Times’, se publicó la fotografía de un atentado producido durante la invasión de Irak a Kuwait. A pocos metros de los cadáveres de un par de civiles, una niña miraba lo que parecía ser una muñeca, mientras que el artículo correspondiente mencionaba a 18 kuwaitíes exiliados, que recordaban a sus más de 500 compatriotas muertos. Y si bien existía una relación entre el texto y la imagen, el rostro de la niña hablaba de otra historia, que no tenía nada que ver con los personajes retratados. Era como si ella hubiese acabado de sonreír hacía un segundo.

Albert O’remor no era corresponsal de guerra, pero a su representante le fue sencillo contactar con el ‘Times’ y venderle los derechos de la fotografía, porque O’remor gozaba de cierto prestigio en el ámbito artístico neoyorquino. Aunque prestigio no es el término más adecuado para definir su posición en ese gremio. Prácticamente no se hablaba de la calidad de su trabajo, sino del tema recurrente que siempre abordó en sus obras, derivando las conversaciones hacia los posibles orígenes de su obsesión, donde las opiniones eran encontradas e iban de lo dramático a lo sublime, pasando incluso por la burla. En lo que sí estaban todos de acuerdo era en que su ‘enfermedad’ era degenerativa. Si no fuese así, por qué otra razón viajó a Kuwait a retratar a esa niña, por qué necesitaba situaciones cada vez más dolorosas para capturar una sonrisa.

Albert O’remor, de madre danesa y padre irlandés, nació en Baltimore, Estados Unidos, en 1958. Ya a sus cuatro años, Albert comenzó a manifestar una especial atracción por las sonrisas ajenas y, con el tiempo, pasó a convertirse en una profunda fascinación, despertando un incontrolable deseo por coleccionarlas. En su octavo cumpleaños, le obsequiaron una ‘Instamatic 133 de Kodak’. Como era de suponer, al comienzo, cualquier sonrisa le valía, mas ese comienzo fue muy breve, porque el mismo día en el que le regalaron la cámara, agotó el carrete con los rostros de los invitados que posaron para él y no pudo ver las imágenes hasta tres semanas después, cuando consiguió ahorrar lo suficiente para revelar los negativos.

Tras esa primera experiencia, se dedicó a sorprender a sus familiares con la intención de obtener sonrisas espontáneas. Los flashes provenían de debajo de una cama, del asiento posterior del coche, de entre las ramas, del armario y de cuanto lugar le sirviese para su cometido. Una vez completado su décimo álbum, volvió a cuestionarse, optando por incluir a desconocidos. Así lo hizo durante más de una década.

A pesar de aparentar ser un dato irrelevante, antes de proseguir, me gustaría destacar una de las series que formó parte de este período, compuesta por las sonrisas de una hippie que mostraban las distintas variaciones de la expresión con respecto al tipo de droga que ella había consumido. Esta serie -no en ese momento, pero sí cuando reflexionó al respecto- ocasionó que O’remor hiciese una pausa prolongada. Los siguientes dos años no tomó ninguna fotografía, los empleó en clasificar las 16,478 que ya tenía. Fue consciente de que una sonrisa al despertar tenía distintos matices que una al acostarse, que la de su hermano menor era distinta cuando veía a su madre que cuando veía a su padre, que la de su abuelo variaba en el día y no con la edad, que una sonrisa no era más bella por el rostro sino por la sinceridad y que, sin excepción, todos teníamos la capacidad para mostrarla. En ese punto tuvo dos sensaciones. Su colección era bella; sin embargo, no era tan especial. Cualquiera podría tener una como la suya, simplemente era una cuestión de tiempo y dedicación. Se quedó en blanco tres años más.

En 1984, volvió a coger la cámara bajo la siguiente premisa: “Todos podemos sonreír, pero no todos somos iguales”. Se puso a fotografiar a personas famosas. Le duró una semana. Las revistas de un quiosco contenían más de las que él podría conseguir en toda su vida. Se sintió estúpido por haber planteado una premisa tan vulgar. Lanzó otra: “Todos podemos sonreír, pero a unos les cuesta más”. Con el ánimo renovado, retrató a mendigos, minusválidos, a payasos sin disfraz, soldados de guardia y a cuanto estereotipo se le cruzó por la mente. Se dio cuenta de que no era tanto un asunto de personas… y se atrevió a lanzar una tercera: “Todos podemos sonreír, pero hay momentos en que nos es casi imposible hacerlo, porque no nos nace o nos lo prohibimos”.

Albert pasaba las mañanas observando los entierros y, en las noches, hacía guardia en la sección de urgencias de los hospitales. Una que otra vez, para variar la rutina, se asomaba a los incendios y a otras desgracias ocasionales, conducta que fue muy criticada tanto por algunas instituciones sociales como por la mayoría de los artistas neoyorquinos. No obstante, O’remor sostenía, de cara a sí mismo, que una sonrisa, en un momento de tragedia, evitaba que se destrozasen fibras emocionales profundas. Para valorar mejor su perspectiva, es necesario enfatizar que a él le deslumbraban las sonrisas y no las risas (ya sean con gracia o histéricas).

Unos meses antes de que Irak invadiera Kuwait, Albert O’remor se había instalado en Oriente Medio. Quería saber cómo eran las sonrisas de las personas que vivían en una tragedia constante. Sin duda, su fascinación lo colmó. Eso explica que el día en el que retrató a la niña del ‘Times’, cuando se produjo la explosión seguida de un tiroteo, en lugar de correr, le regaló la muñeca a la niña, para fotografiarla. En medio de esa sesión, una bala lo alcanzó. La pequeña dejó la muñeca y cogió la cámara.

Tras su muerte, se realizó la primera exposición sobre su trabajo. La galería Leo Castelli presentó la “Smile’s Collection”, incluyendo la foto que tomó la niña kuwaití, la única en la que aparecía Albert O’remor.
por Rafael R. Valcárcel

martes, 8 de septiembre de 2009

Crecer y no envejecer

Diario de una canción
“Esta mañana arrojé el diario contra la pared. No estoy segura de por qué lo hice. Antes pensaba que los periódicos se centraban en las tragedias, pero ahora sé que lo único que les atrae es la violencia, que la muerte sin ella no interesa, por más que sea colectiva y te deje sola, que es la tragedia más grande que hay”. Así comenzaba el diario personal de Eriel, el que durante una década estuvo a la venta en una feria callejera de objetos usados, el que nadie compró al ojear sus primeras páginas y el que hace dos semanas fue adquirido por el Reina Sofía al conocer el contenido de todas las demás.
Cabe puntualizar que las notas no eran registradas con fechas, pero dicho documento adquiere la categoría de diario, y no de libro de apuntes, porque Eriel, cada vez que escribía, señalaba si era un lunes, jueves o sábado; envolviendo una historia lineal en una secuencia circular de días de la semana. Sin embargo, por los datos registrados y las averiguaciones realizadas por la actual institución propietaria, se estima que las vivencias descritas transcurrieron entre 1974 y 1979.
Un viernes en el que Eriel cayó en una de sus recurrentes depresiones, fue socorrida por un débil recuerdo extraído de su infancia, cuando sus padres le aplacaban sus ganas de ser mayor, cantándole:
“Si de verdad quieres crecer y no envejecer
nunca vayas deprisa ni tampoco lento
el secreto es ir a la inversa del tiempo
pero nunca deprisa ni tampoco lento
sólo hay que ir a la velocidad del tiempo
para así comenzar a crecer y no envejecer

El que acelera el paso descubre la nostalgia
el que se queda en el momento se queda
mas el que decide crecer conservando al niño
avanza hacia atrás recuperando su inicio
y los recuerdos que traspasan el ombligo (bis
)…”.
Cuando era niña no le prestaba mucha atención a la letra, sólo se dejaba llevar por la melodía que la hacía sentir arropada por un hogar. Recordaba algo más que la voz cálida de sus padres, recordaba cada uno de los instrumentos que armonizaban la letra; y, envuelta en esas sensaciones, comenzó a sentirse bien, verdaderamente bien. Era como si el recuerdo pasara a ser un presente que la introducía en un espacio donde la tristeza y la rabia estaban prohibidas. No obstante, el hambre y luego el sueño la sacaron de su burbuja, pero la sonrisa se quedó en su rostro.
A la mañana siguiente, Eriel se despertó con la firme idea de conseguir esa canción –cruzada que marcó el interés del museo por el diario –. Recorrió todas las discográficas de su ciudad sin éxito, y tampoco lo tuvo al preguntarle a sus amigos y conocidos. A raíz de eso, dejó su trabajo, cogió una mochila y recorrió todos los países hispanohablantes durante unos cuatro años.
Debido al desconocimiento de los entendidos, y no entendidos, decidió preguntarle a cualquier desconocido si le sonaba esa canción (Eriel estaba segura de que no era una canción inventada por sus padres, porque recordaba con claridad la música, y ellos no sabían tocar ningún instrumento ni mucho menos componer). Así que Eriel ingenió muchas formas para llegar a la gente y otras tantas para conseguir financiación, que fueron narradas hasta la penúltima página del diario. Coordinó una serie de obras con el Teatro de los Andes para adentrarse en decenas de comunidades recónditas, convenció a Alberto Spinetta y a Mercedes Sosa para realizar actuaciones en varias ciudades y pueblos de Argentina… y montó un centenar de acciones con actores callejeros y músicos de 18 países. Pero ninguna persona le dio lo que buscaba.
Al terminar su diario, en el lunes final, Eriel escribió: “Convencida de que yo era quien le había puesto instrumentos a esa canción familiar, decidí irme a cualquier parte. Estiré la mano y un autobús amarillo se detuvo. Había un asiento vacío junto a la ventana, al lado de un niño que llevaba un mandil con el nombre Gonzalo bordado en el pecho. El bus comenzó a moverse mientras yo no podía retener las lágrimas de impotencia, de fracaso. Traté de animarme para no llamar la atención y por manía comencé a tararear la melodía de mi canción. Y ese niño, Gonzalo, comenzó a cantar, y le siguió un joven canoso, y después un hombre muy arrugado que estaba delante, y siguieron todos los demás, hasta el chofer. Era hermoso escucharlos…
El que acelera el paso descubre la nostalgia
el que se queda en el momento se queda
mas el que decide crecer conservando al niño
avanza hacia atrás recuperando su inicio
y los recuerdos que traspasan el ombligo
Si de verdad quieres crecer y no envejecer
recuerda que el juego es el principio de todo
y recuerda que ser parte es el único modo
pero es necesario que recuerdes ante todo
que sin arrugas nunca encontrarás el modo
de retomar las huellas para no envejecer…
Y mientras los escuchaba, me di cuenta de que el bus avanzaba marcha atrás”.
por Rafael R. Valcárcel

lunes, 7 de septiembre de 2009

¡Qué maravilla poder soñar!

UNA HISTORIA DE AMOR IMPOSIBLE
Cuenta la leyenda que una joven mariposa –de cuerpo frágil y alma sensible- volaba cierta tarde jugando con el viento, cuando vio una estrella muy brillante, y se enamoró. Excitadísima, regresó inmediatamente a su casa, loca por contar a su madre que había descubierto lo que era el amor.
-¡Qué tontería! –fue la fría respuesta que escuchó-. Las estrellas no fueron hechas para que las mariposas pudieran volar a su alrededor. Búscate un poste, o una pantalla, y enamórate de algo así: para eso fuimos creadas.
Decepcionada, la mariposa decidió simplemente ignorar el comentario de la madre, y se permitió volver a alegrarse con su descubrimiento: “¡Qué maravilla poder soñar!”, pensaba. La noche siguiente la estrella continuaba en el mismo lugar, y ella decidió que subiría hasta el cielo y volaría en torno de aquella luz radiante para demostrarle su amor. Fue muy difícil sobrepasar la altura a la cual estaba acostumbrada, pero consiguió subir algunos metros por encima de su nivel de vuelo normal. Pensó que si cada día progresaba un poquito, terminaría llegando hasta la estrella. Así que se armó de paciencia y comenzó a intentar vencer la distancia que la separaba de su amor. Esperaba con ansiedad la llegada de la noche, y cuando veía los primeros rayos de la estrella, agitaba ansiosamente sus alas en dirección al firmamento.
Su madre estaba cada vez más furiosa:
-Estoy muy decepcionada con mi hija –decía-. Todas sus hermanas, primas y sobrinas ya tienen lindas quemaduras en sus alas, provocadas por las lámparas. Sólo el calor de una lámpara es capaz de entusiasmar el corazón de una mariposa: debería dejar de lado estos sueños inútiles y conseguir un amor posible de alcanzar.
La joven mariposa, irritada porque nadie respetaba lo que sentía, decidió irse de la casa. Pero en el fondo –como, por otra parte, siempre sucede- quedó marcada por las palabras de su madre, y consideró que ella tenía razón. Así durante algún tiempo, intentó olvidar a la estrella y enamorarse de la luz de las pantallas de casas suntuosas, de las luces que mostraban los colores de cuadros magníficos, del fuego de las velas que quemaban en las más bellas catedrales del mundo. Pero su corazón no conseguía olvidar a la estrella y después de ver que la vida sin su verdadero amor no tenía sentido, resolvió reemprender su itinerario en dirección al cielo.
Noche tras noche intentaba volar lo más alto posible pero cuando la mañana llegaba, estaba con el cuerpo helado y el alma sumergida en la tristeza. Entretanto, a medida que se iba haciendo mayor, pasó a prestar atención a todo cuanto veía a su alrededor. Desde allá arriba podía vislumbrar las ciudades llenas de luces, donde probablemente sus primas, hermanas y sobrinas ya habían encontrado un amor. Veía las montañas heladas, los océanos con olas gigantescas, las nubes que cambiaban de forma a cada minuto. La mariposa comenzó a amar cada vez más a su estrella, porque era ella la que la impulsaba a conocer un mundo tan rico y hermoso.
Pasó mucho tiempo y un buen día ella decidió volver a su casa. Fue entonces que supo por los vecinos que su madre, sus hermanas, primas y sobrinas, y todas las mariposas que había conocido, ya habían muerto quemadas en las lámparas y en las llamas de las velas, destruidas por un amor que juzgaban fácil.
La mariposa, aun cuando jamás consiguió llegar hasta su estrella, vivió muchos años aún, descubriendo cada noche cosas diferentes e interesantes. Y comprendiendo que, a veces, los amores imposibles traen muchas más alegrías y beneficios que aquellos que están al alcance de nuestras manos.

Paulo Coelho

domingo, 6 de septiembre de 2009

Todos se sentían extrañamente felices...

LA PIEDRA DE SOPA (cuento tradicional checo, en otras
versiones es un clavo)
En un pequeño pueblo, una mujer se llevó una gran sorpresa al ver que había
llamado a su puerta un extraño, correctamente vestido, que le pedía algo de comer.
”Lo siento”, dijo ella, “pero ahora mismo no tengo nada en casa”.
“No se preocupe”, dijo amablemente el extraño.”Tengo una piedra de sopa en mi bolsillo, si usted me permitiera echarla en un puchero de agua hirviendo, yo haría la
más exquisita sopa del mundo. Podría traer un puchero muy grande con agua, por
favor”.
A la mujer le picó la curiosidad, puso el puchero al fuego y fue a contar el
secreto de la piedra de sopa a sus vecinas. Cuando el agua rompió a hervir, todo el
vecindario se había reunido allí para ver a aquel extraño y su piedra de sopa. El
extraño dejó caer la piedra en el agua, luego le dio vueltas. Probó una cucharada con
verdadera delectación y exclamó: “!Deliciosa! Lo único que necesita es unas cuantas
patatas.”
“!Yo tengo patatas en mi cocina!”, gritó una mujer. Y en pocos minutos estaba de
regreso con una gran fuente de patatas peladas que fueron derechas al puchero. El
extraño volvió a probar el brebaje.”!Excelente!,dijo; y añadió pensativamente: “Si
tuviéramos un poco de carne, haríamos un cocido de lo más apetitoso....!”
Otra ama de casa salió zumbando y regresó con un pedazo de carne que el
extraño, tras aceptarlo cortésmente, introdujo en el puchero. Cuando volvió a probar
el caldo, puso los ojos en blanco y dijo:”!Ah, que sabroso! Si tuviéramos unas cuantas
verduras, sería perfecto, absolutamente perfecto...”
Una de las vecinas fue corriendo hasta su casa y volvió con una cesta llena de
cebollas y zanahorias. Después de introducir las verduras en el puchero, el extraño
probó nuevamente el guiso y, con tono autoritario, dijo: “La sal”. ”Aquí la tiene”, le dijo
la dueña de la casa. A continuación dio orden: “Platos para todo el mundo”. La gente se
apresuró a ir a sus casas en busca de platos. Algunos regresaron trayendo incluso pan
y frutas.
Luego se sentaron a disfrutar de la espléndida comida, mientras el extraño
repartía abundantes raciones de su increíble sopa .Todos se sentían extrañamente
felices y mientras reían, charlaban y compartían por primera vez su comida. En medio
del alborozo, el extraño se escabulló silenciosamente, dejando tras de sí la milagrosa piedra de sopa, que ellos podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa
sopa del mundo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Lo importante es lo que le añade cada uno

Sopa de clavo
Érase una vez un hombre hambriento y helado de frío que avanzaba
por un camino polvoriento. Hundió las manos en los bolsillos, en busca de una
moneda, pero lo único que encontró fue un gran clavo oxidado.
Al llegar al pueblo, llamó a la puerta de la primera casa que encontró y
se abrió un poco la puerta y por una rendija se asomó una anciana.
“Buenas tardes, señora,” saludó el hombre, “¿no tendrá algo de comer
para un pobre caminante muerto de hambre y frío?” La vieja abrió un poco
más la puerta. “Aquí no hay comida, pero entre un momento a calentarse si
quiere.”
El hombre entró y se acomodó al calor del fuego. Transcurrido un rato, el
hombre sacó el gran clavo oxidado del bolsillo y se lo fue pasando de una
mano a otra. Al ver que la anciana le observaba, dijo, “Ayer tomé la mejor
sopa que he probado en mi vida, y la preparé únicamente con este viejo
clavo.”
“¡Qué disparate! No se puede hacer sopa con un clavo,” exclamó la
señora. “Si quiere que se lo demuestre,” contestó el hombre, “ponga a hervir
una olla con agua.” La anciana puso un gran puchero de agua en el hornillo.
Cuando rompió a hervir, el hombre echó el clavo. Al cabo de diez minutos,
pidió una cuchara y probó el agua.
“Deliciosa,” dijo, “pero creo que le vendría bien un poco de sal y
pimienta, si tiene.” Cuando la anciana abrió la alacena, el hombre confirmó
sus sospechas: los estantes estaban repletos de provisiones. Echó al puchero la
sal y la pimienta, y volvió a probar el agua. “No está mal,” dijo, “ahora sólo
falta añadirle una cebolla y quedará estupenda.”
La anciana se apresuró a traer la cebolla; la peló, la cortó y la echó al
puchero. El hombre removió el caldo y lo probó de nuevo. “No está mal, pero
quizá le hagan falta unas zanahorias y un poco de carne, si hay.”
La señora volvió a salir y trajo las zanahorias y el trozo de carne. El
hombre lo añadió todo al puchero y siguió removiendo. “Eso sí,” comentó, “a
esta sopa le vendrían de maravilla unas patatas…,” y la vieja trajo las patatas,
peladas y cortadas en pedacitos. El hombre las echó a la olla y se sentó junto
al fuego. “Ya casi está,” dijo. “¿A que huele bien?”
La señora, esbozando una sonrisa, puso la mesa con un mantel y su
mejor vajilla. El hombre sirvió la sopa en dos grandes cuencos y se sentó a la
mesa junto a la anciana. Cuando ya iba a meter la cuchara en la sopa, se
detuvo.
Mientras tomaban la sopa charlaron sin parar. La anciana no recordaba
haberse divertido tanto en su vida.
Cuando habían comido hasta saciarse la anciana dijo, “Se está
haciendo tarde. Le prepararé la habitación de los invitados; allí estará
cómodo y bien caliente.” El hombre le dio las gracias, y cuando la mujer salió
del cuarto, pescó el clavo del fondo del puchero, lo limpió y se lo echó al
bolsillo.
“Quién me iba a decir que se pudiera hacer una sopa tan buena con
sólo un viejo clavo,” dijo la mujer.
El hombre sonrió. “Lo importante es lo que le añade cada uno,” dijo en
voz baja. A continuación, se palpó el bolsillo para comprobar que el clavo
seguía allí. “Quizá me haga falta de nuevo esta noche,” se dijo para sí mientras
se alejaba por el camino.
(Cuento popular checo)