Un mundo de ILUSIONES

Este lugar es habitado por las niñas y los niños perdidos liderados por el héroe o quizás heroína, Peter Pan. La población de dicho país agrupa también a temibles piratas como el Capitán Garfio y salvajes indios. Otros tipos de seres como el hada, Campanilla y el Cocodrilo que se llevó la mano del Capitán Garfio habitan este lugar donde el tiempo no avanza y las aventuras predominan por cualquier rincón. De acuerdo con la leyenda, si alguien desea llegar a este lugar deberá de girar la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

La campaña y la verdad no son lo mismo

El día de campaña
Un día, mientras caminaba por la calle, un dirigente de un importantepartido político es trágicamente atropellado por un camión y muere. Su almallega al Paraíso y se encuentra en la entrada a San Pedro en persona.
- "Bienvenido al Paraíso, -le dice San Pedro-. Antes de que te acomodes,parece que hay un problema. Verás, muy raramente un alto político ha llegado aquí y no estamos seguros de qué hacer contigo. Lo que haremos será hacerte pasar un día en el Infierno y otro en el Paraíso, y luego podrás elegir dónde pasar la eternidad."
Y con esto San Pedro acompaña al político al ascensor y baja, baja hastael infierno. Las puertas se abren y se encuentra justo en medio de un verdecampo de golf. A lo lejos hay un club y de pie delante de él están todos sus amigos políticos que habían trabajado con él, todos vestidos con traje de noche y muy contentos. Corren a saludarlo, lo abrazan y recuerdan los buenos tiempos en los que se enriquecían a costa del pueblo. Juegan un agradable partido de golf y luego por la noche cenan juntos en el Restaurante Gourmet del club con langosta. Comparten la noche con hermosísimas y liberales jovencitas. Se encuentra también al Diablo, que de hecho es un tipo muy simpático y se divierte mucho contando chistes y bailando. Se está divirtiendo tanto que, antes de que se de cuenta, es ya hora de irse. Todos le dan un apretón de manos y lo saludan mientras sube al ascensor. El ascensor sube, sube, sube, y se reabre la puerta del Paraíso donde San Pedro lo está esperando.
- "Ahora es el momento de pasar al Paraíso."Así que el político (inescrupuloso, ciertamente), pasa las 24 horassucesivas pasando de nube en nube, tocando el arpa y cantando. Antes de que se de cuenta, las 24 horas ya han pasado y San Pedro va a buscarlo.
- "Ya has pasado un día en el Infierno y otro en el Paraíso. Ahoradebes elegir tu eternidad."El Hombre reflexiona un momento y luego responde:
- "Bueno, el Paraíso ha sido precioso, pero creo que he estado mejoren el Infierno."Así que San Pedro lo acompaña hasta el ascensor y otra vez baja, baja, baja,hasta el Infierno. Cuando las puertas del ascensor se abren se encuentra enmedio de una tierra desierta cubierta de estiércol y desperdicios. Ve a todos sus amigos vestidos con trapos, recogiendo los desperdicios y metiéndolos en bolsas negras. El Diablo lo alcanza y le pone un brazo en el cuello.
- "No entiendo, -balbucea el político-. Ayer estuve aquí y había lindas mujeres, un campo de golf y un club, y comimos langosta y caviar, y bailamos y nos divertimos mucho. Ahora todo lo que hay es un terreno desértico lleno de porquerías..., y mis amigos parecen unos miserables."
El Diablo lo mira, sonríe y dice:
- "Ayer estábamos en campaña. Hoy..., ya votaste por nosotros..."
(Anónimo)

martes, 29 de septiembre de 2009

El daño de la mentira y la calumnia


El saco de plumas
Cuentan que una vez hubo un hombre que rodio por la envidia ante los éxitos de su amigo, le calumnió gravemente.tiempo después se arrepintió de la ruina que había ocasionado a su amigo con sus calumnias, y fue a confesarse.
Una vez en el confesionario y después de haber confesado su pecado, pecado grave contra el séptimo mandamiento, como le dijo su confesor, pues usted le ha robado a su amigo, el valor mas grande que una persona tiene ante la sociedad, como su dignidad, su reputación, su derecho a la buena fama, y contra el octavo Mandamiento, pues lo que usted dijo de el son solo calumnias.
Le preguntó al sacerdote: "¿Cómo puedo reparar todo el mal que he hecho a mi amigo? ¿Qué puedo hacer?. a lo que el sacerdote le respondió: "Tome un saco lleno de plumas y suéltelas por donde quiera que vaya. y una vez que lo haya hecho, vuelva. Y que Dios lo acompañe.
El hombre muy contento ante aquel mandato tan fácil empezó a pasearse por las calles lanzando al aire las plumas que llevaba en el saco. cuando lo vació todo volvió a la iglesia en busca del sacerdote con el que se había confesado y lleno de satisfacción le dijo: "padre: ya he hecho lo que me mandó esta mañana". Pero el sacerdote le dijo: "No hijo, esa es la parte mas fácil. Ahora debe volver a las mismas calles en las que las soltó, e ir recogiéndolas una por una, hasta que vuelva a tener el saco lleno, y luego vuelva a verme". Y que Dios lo acompañe.
El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba. Y por mas empeño que puso no pudo juntar casi ninguna.
Al volver a la Iglesia, se lo explicó al sacerdote con una profunda pena y un verdadero arrepentimiento, pero éste le dijo: "Así como no pudo juntar las plumas que usted soltó porque se las llevó el viento, así mismo la calumnia que usted lanzó contra su amigo, voló de boca en boca y su amigo jamás podrá recuperar todo la fama, la reputación que usted le quitó.
Lo único que usted puede hacer es pedirle perdón a su amigo, y hablar de nuevo con todas aquellas personas ante las que lo calumnió, diciéndoles la verdad, para reparar así en la medida de lo posible el daño que le ha causado a su amigo y para tratar de restituirle en la medida que pueda su fama, su reputación".
(Anónimo)

lunes, 28 de septiembre de 2009

La esperanza es necesaria

Cinco en una vaina
Cinco guisantes vivían apretujados en una vaina. Allí dentro, todo era tan verde que creían que el mundo también lo era. Como pasaban mucho tiempo juntos, hacían grandiosos planes para el futuro.
Llegó la primavera, y la vaina y los guisantes cambiaron del verde al amarillo. Y cierto día un niño abrió la vaina y lanzó los guisantes por los aires, como si fueran proyectiles. Los dos mayores fueron a parar al buche de una paloma, mientras los dos menores acabaron en un vertedero, donde se inflaron con sus sucias aguas hasta explotar.
Pero el del medio llegó hasta la ventana de una buhardilla, donde un mullido musgo lo acogió con dulzura. Allí vivía una pobre mujer que había perdido toda esperanza porque su hija se debatía entre la vida y la muerte. Cierto día la joven se dio cuenta de que algo golpeaba los cristales. Logró levantarse con dificultad y vio unas flores rojas y blancas que le acariciaron el rostro. ¿De dónde habían salido?A partir de entonces la joven cuidó la planta con afecto.
Pasaron los días y la madre recuperó la esperanza porque veía que su hija sanaba: tenía alguien a quien cuidar. Y una hermosa mañana la planta se llenó de bonitas vainas verdes y la joven recuperó el brillo de sus ojos.
(Andersen)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Tener un boleto de primera y olvidarlo

EL PANADERO ESPAÑOL
Durante la guerra civil española, muchos españoles emigraron a México. Entre ellos vino un joven de dieciocho años: Venancio Fernández. El único problema que no tuvo durante la penosa travesía era tener que pagar exceso de equipaje. Pues sólo traía dos camisas y un pantalón remendado.
Llegó a Veracruz, donde comenzó a trabajar en una tienda de ultramarinos de un tío suyo. Años después se casó y puso una panadería en la ciudad de Puebla. Con mucho sacrificio, esfuerzo y ahorro logró reunir cierto capital y se trasladó a la Cd. de México con toda su familia, donde continuó su trabajo de panadero.
Ahora la gente ya no le llamaba Venancio. Ahora era don Venancio. Persona honorable y respetable y ahorraba lo más posible. Al cumplirse veinte años de su llegada a México, una agencia de viajes le habló de lo económico que le resultaría llevar a toda su familia a España, en un viaje por barco. Había un boleto familiar especial y no debía dejar pasar la oportunidad.
La esposa de don Venancio, que aprovechaba todas las ofertas, convenció a su marido para que gastara sus ahorros en ese plácido viaje a España. Sin embargo don Venancio, queriendo ahorrar lo más posible en el trayecto marítimo, antes de embarcarse en Veracruz, hizo en su panadería unos panes especialmente grandes, compró quince kilos de queso, y se embarcó rumbo a la tierra de sus antepasados.
El primer día comieron gustosos el fresco pan con una suave rebanada de queso. Al día siguiente estaban todavía tan emocionados que no tuvieron reparo en repetir el mismo menú. Luego comieron queso con pan, al otro día queso, pan y queso. En esos días su rostro tenía ya el color amarillento del queso. Para entonces ya nadie se les acercaba, creyendo que padecían hepatitis.
La esposa de don Venancio, después de pasar los días con este único alimento lo convenció de celebrar la llegada a España con una abundante y rica comida en el restaurante de primera clase del barco. Lo único que creían como certero era que esa tarde no probarían ya pan y queso.
- ¿Dónde está el restaurante de primera? -Pregunto don Venancio a un comandante de la tripulación.
- Permítame ver su boleto. -Inquirió el oficial.-¡Caramba!
Yo voy a pagar, que para eso me he matado trabajando veinte años.-Contestó don Venancio.
- Perdón, pero al restaurante de primera, sólo pueden entrar los pasajeros con boleto de primera. -Respondió el oficial
Con cierto enfado don Venancio sacó de su bolsillo el boleto arrugado y con un olor a queso y se lo entregó al oficial.
Cuando el oficial terminó de revisar el boleto, dijo con asombro:
-Caray, don Venancio, su familia tiene un boleto de primera clase. ¡Su boleto incluye las tres comidas en el restaurante de primera durante toda la travesía!
Fin
(Autor desconocido)

sábado, 26 de septiembre de 2009

La felicidad es algo que uno decide con anticipación

La señora Pepita, bien equilibrada y orgullosa, de 92 años de edad, completamente lista cada mañana a las 8 en punto, con su cabello peinado al estilo de peluquería y un maquillaje perfectamente aplicado, aún siendo casi ciega, se mudó hoy para un asilo de ancianos.
El que había sido su marido durante 70 años, había muerto recientemente, obligando a que esta mudanza fuera necesaria. Después de muchas horas de esperar pacientemente en la recepción del asilo de ancianos, ella sonrió muy dulcemente cuando le avisaron que su habitación estaba lista.
Mientras maniobraba su andador hacia el ascensor y yo le iba dando una descripción detallada de su pequeño cuarto, incluyendo las sábanas y cortinas que habían sido colgadas en su ventana, dijo: me encantan, con el entusiasmo de un chiquillo de 8 años al que acaban de mostrar un nuevo cachorro.
-Sra. Pepita, usted aún no ha visto el cuarto... espere.
- Eso no tiene nada que ve, contestó. La felicidad es algo que uno decide con anticipación. El hecho de que me guste mi cuarto o no me guste, no depende de cómo esté arreglado el lugar, depende en como yo arregle mi mente.Ya había decidido de antemano que me encajaría. Es una decisión que tomo cada mañana al levantarme. Estas son mis posibilidades: puedo pasarme el día en cama, enumerando las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que ya no funcionan, o puedo levantarme de la cama y agradecer por las que sí funcionan. Cada día es un regalo y, durante el tiempo que mis ojos se abran, me enfocaré en el nuevo día y en las memorias felices que he guardado en mi mente... sólo en este momento de mi vida. La vejez es como una cuenta bancaria... uno extrae de lo que ha depositado en ella. Entonces, mi consejo para ti sería que deposites gran cantidad de felicidad en la cuenta bancaria de tus recuerdos.
(Anónimo)

viernes, 25 de septiembre de 2009

Nosotros decidimos

El regalo de los insultos
Cerca de Tokio vivía un gran samurai, ya anciano, que ahora se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que aún era capaz de derrotar a cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para captar los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.
El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Conociendo la reputación del samurai, estaba allí para derrotarlo y aumentar así su fama.Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío.
Fueron todos hasta la plaza de la ciudad, y el joven comenzó a insultar al viejo maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió a la cara, gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
- ¿Cómo ha podido usted soportar tanta indignidad? ¿ Por qué no usó su espada, aún sabiendo que podía perder la lucha, en vez de mostrarse cobarde ante todos nosotros?
- Si alguien se acerca a tí con un regalo, y tú no lo aceptas, ¿a quien pertenece el regalo? preguntó el samurai.
- A quien intentó entregarlo - respondió uno de los discípulos.
- Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos - dijo el maestro. Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.
(Paulo Coelho)

jueves, 24 de septiembre de 2009

Bondad y agradecimiento

Un muchacho pobre vendía mercancías de puerta en puerta para pagar su escuela. Y resultó que un día, después de una jornada entera de trabajo, se encontró con los bolsillos y el estómago vacíos. Rendido por la fatiga, decidió pedir comida en la siguiente casa que tocara. Pero sus nervios lo traicionaron cuando una linda jovencita salió a abrirle la puerta. Sólo fue capaz de pedirle un poco de agua. La chica miró su aspecto. Parecía hambriento. Y, en vez de agua, le trajo un gran vaso de leche. Él lo bebió despacio, y después le preguntó: “¿Cuánto le debo, señorita?”. “No me debes nada –contestó ella—. Mi madre siempre nos ha enseñado a no aceptar nunca un pago por una caridad”. El joven le dijo: “Entonces, te lo agradezco de todo corazón”. Cuando el joven se fue de la casa, se sintió un poco reestablecido físicamente y, sobre todo, notó que había aumentado su fe en Dios y en la bondad de los hombres. Había estado a punto de rendirse y de abandonarlo todo. Este joven se llamaba Howard Kelly.
Años después, la muchacha enfermó gravemente. Los doctores del lugar estaban confundidos porque se trataba de una enfermedad bastante rara, y decidieron mandarla a la capital para que la vieran los mejores especialistas. Uno de los médicos que la atendió se interesó mucho del caso y prometió hacer todo lo posible para salvar su vida. Después de una larga lucha contra la enfermedad, por fin, ganó la batalla.
El doctor pidió a la administración del hospital que le enviaran la factura total de los gastos para aprobarla. Y después le envió la cuenta a la enferma. La chica tenía mucho miedo abrirla porque sabía que las consultas, intervenciones quirúrgicas y medicinas de su tratamiento habían sido sumamente costosas, y ella no tenía aquella cantidad. Sólo con las ganancias del resto de su vida podría pagar todos aquellos gastos. Finalmente dio un hondo suspiro y abrió el sobre. La factura decía: “Totalmente pagado desde hace muchos años... con un vaso de leche. Firmado: Dr. Howard Kelly”. Lágrimas de alegría inundaron los ojos de la muchacha y, con el corazón rebosante de felicidad, dio gracias a Dios y al doctor Kelly por tanta caridad y benevolencia.(Anónimo)